Tres textos que responden a esa pregunta

¿Por qué y para qué estudiar el marxismo-leninismo?

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Hemos preparado tres lecturas de tres obras que consideramos tienen que ver con la pregunta.

El Manifiesto Comunista. Carlos Marx – Federico Engels.

3. EL SOCIALISMO Y EL COMUNISMO CRÍTICO-UTÓPlCOS

No se trata aquí de la literatura que en todas las grandes revoluciones modernas ha formulado las reivindicaciones del proletariado (los escritos de Babeuf [1], etc.). Las primeras tentativas directas del proletariado para hacer prevalecer sus propios intereses de clase, realizadas en tiempos de efervescencia general, en el período del derrumbamiento de la sociedad feudal, fracasaron necesariamente, tanto por el débil desarrollo del mismo proletariado como por la ausencia de las condiciones materiales de su emancipación, condiciones que surgen sólo como producto de la época burguesa. La literatura revolucionaria que acompaña a estos primeros movimientos del proletariado es forzosamente, por su contenido, reaccionaria. Preconiza un ascetismo general y un burdo igualitarismo.

Los sistemas socialistas y comunistas propiamente dichos, los sistemas de Saint-Simon [2], de Fourier, de Owen, etc., hacen su aparición en el período inicial y rudimentario de la lucha entre el proletariado y la burguesía, período descrito anteriormente (véase “Burgueses y proletarios”). Los inventores de estos sistemas, por cierto, se dan cuenta del antagonismo de las clases, así como de la acción de los elementos destructores dentro de la misma sociedad dominante. Pero no advierten del lado del proletariado ninguna iniciativa histórica, ningún movimiento político propio.

Como el desarrollo del antagonismo de clases va a la par con el desarrollo de la industria, tampoco pueden encontrar las condiciones materiales de la emancipación del proletariado, y se lanzan en busca de una ciencia social, de unas leyes sociales que permitan crear esas condiciones.

En lugar de la acción social tienen que poner la acción de su propio ingenio; en lugar de las condiciones históricas de la emancipación, condiciones fantásticas; en lugar de la organización gradual del proletariado en clase, una organización de la sociedad inventada por ellos. La futura historia del mundo se reduce para ellos a la propaganda y ejecución práctica de sus planes sociales. En la confección de sus planes tienen conciencia, por cierto, de defender ante todo los intereses de la clase obrera, por ser la clase que más sufre. El proletariado no existe para ellos sino bajo el aspecto de la clase que más padece.

Pero la forma rudimentaria de la lucha de clases, así como su propia posición social, les lleva a considerarse muy por encima de todo antagonismo de clase. Desean mejorar las condiciones de vida de todos los miembros de la sociedad, incluso de los más privilegiados. Por eso no cesan de apelar a toda la sociedad sin distinción, e incluso se dirigen con preferencia a la clase dominante. Porque basta con comprender su sistema, para reconocer que es el mejor de todos los planes posibles para la mejor de todas las sociedades posibles.

Repudian, por eso, toda acción política y, en particular, toda acción revolucionaria; se proponen alcanzar su objetivo por medios pacíficos, intentando abrir camino al nuevo evangelio social valiéndose de la fuerza del ejemplo, por medio de pequeños experimentos, que naturalmente fracasan siempre.

Estas fantásticas descripciones de la sociedad futura, que surgen en una época en que el proletariado, todavía muy poco desarrollado, considera aún su propia situación de una manera también fantástica, provienen de las primeras aspiraciones de los obreros, llenas de profundo presentimiento hacia una completa transformación de la sociedad.

Pero estas obras socialistas y comunistas encierran también elementos críticos. Atacan todas las bases de la sociedad existente. Y de este modo han proporcionado materiales de un gran valor para instruir a los obreros. Sus tesis positivas referentes a la sociedad futura, tales como la supresión del contraste entre la ciudad y el campo, la abolición de la familia, de la ganancia privada y del trabajo asalariado, la proclamación de la armonía social y la transformación del Estado en una simple administración de la producción; todas estas tesis no hacen sino enunciar la eliminación del antagonismo de las clases, antagonismo que comienza solamente a perfilarse y del que los inventores de sistemas no conocen sino las primeras formas indistintas y confusas. Así, estas tesis tampoco tienen más que un sentido puramente utópico.

La importancia del socialismo y del comunismo crítico-utópicos está en razón inversa al desarrollo histórico. A medida que la lucha de clases se acentúa y toma formas más definidas, el fantástico afán de ponerse por encima de ella, esa fantástica oposición que se le hace, pierde todo valor práctico, toda justificación teórica. He ahí por qué si en muchos aspectos los autores de esos sistemas eran revolucionarios, las sectas formadas por sus discípulos son siempre reaccionarias, pues se aferran a las viejas concepciones de sus maestros a pesar del ulterior desarrollo histórico del proletariado. Buscan, pues, y en eso son consecuentes, embotar la lucha de clases y conciliar los antagonismos. Continúan soñando con la experimentación de sus utopías sociales; con establecer falansterios aislados, crear home-colonies en sus países o fundar una pequeña Icaria33, edición en miniatura de la nueva Jerusalén. Y para la construcción de todos estos castillos en el aire se ven forzados a apelar a la filantropía de los corazones y los bolsillos burgueses. Poco a poco van cayendo en la categoría de los socialistas reaccionarios o conservadores descritos más arriba y sólo se distinguen de ellos por una pedantería más sistemática y una fe supersticiosa y fanática en la eficacia milagrosa de su ciencia social.

Por eso se oponen con encarnizamiento a todo movimiento político de la clase obrera, pues no ven en él sino el resultado de una ciega falta de fe en el nuevo evangelio. Los owenistas, en Inglaterra, reaccionan contra los cartistas, y los fourieristas, en Francia, contra los reformistas.

Notas:

  1. Babeuf, Francisco Noel (alias Graco) (1760-1797): revolucionario francés, destacado representante del comunismo utópico. Organizó una sociedad secreta que preparaba la insurrección armada con el fin de establecer la dictadura revolucionaria para defender los intereses de las masas populares. La confabulación fue descubierta y el 27 de mayo de 1797 Babeuf fue ejecutado.
  2. Saint-Simon, Enrique Claudio (1760-1825): socialista utópico francés, criticó el régimen capitalista y propuso el programa de sustituirlo con la sociedad basada en los principios de asociación. Saint-Simon opinaba que en la nueva sociedad todos tienen que trabajar y el papel de los hombres debe corresponder a sus méritos laborales; promovió la idea de la comunidad de la industria y la ciencia, así como de la producción centralizada y planificada. Mas dejaba intactos la propiedad privada y los intereses sobre el capital, rechazaba la lucha política y la revolución, sin comprender la misión histórica del proletariado; suponía que las reformas gubernamentales y la educación moral de la sociedad en el espíritu de la nueva religión conducirían a la extinción de las contradicciones de clase.
  3. En la edición inglesa de 1888, esta frase ha sido redactada de la manera siguiente: “Las medidas prácticas propuestas por ellos, tales como la desaparición del contraste entre la ciudad y el campo”.
  4. Falansterios se llamaban las colonias socialistas proyectadas por Carlos Fourier. Icaria era el nombre dado por Cabet a su país utópico y más tarde a su colonia comunista en América. (Nota de F. Engels a la edición inglesa de 1888.) Owen llamó a sus sociedades comunistas modelo home-colonies (colonias inferiores). El falansterio era el nombre de los palacios sociales proyectados por Fourier. Llamábase Icaria el país fantástico-utópico, cuyas instituciones comunistas describía Cabet. (Nota de F. Engels a la edición alemana de 1890.)
  5. Cartismo (de la palabra inglesa Charter, carta): movimiento revolucionario de masas de los obreros ingleses, motivado por la dura situación económica y la falta de derechos políticos. El movimiento se inició a fines de la década del 30 con grandiosas manifestaciones y mítines y continuó con intervalos hasta los comienzos de los años 50 del siglo XIX. Sus fracasos se debieron principalmente a la falta de un programa claro y de una dirección consecuentemente revolucionaria.
  6. Se trata de los partidarios del periódico La Réforme (La Reforma) (París, 1843- 1850), que luchaban por la instauración de la república y la aplicación de reformas democráticas y sociales.

¿Qué hacer?. Vladimir Lenin

4. Engels sobre la importancia de la lucha teórica

“Dogmatismo, doctrinarismo”, “anquilosamiento del partido, castigo ineludible por las trabas impuestas al pensamiento”, tales son los enemigos contra los cuales arremeten caballerescamente en Rabóchei Dielo los paladines de la “libertad de crítica”. Nos alegra mucho que se haya suscitado esta cuestión, y sólo propondríamos completarla con otra: ¿Y quiénes serán los árbitros?

Tenemos a la vista los anuncios de dos publicaciones. Uno es el programa de Rabócheie Dielo, órgano de prensa de la Unión de Socialdemócratas Rusos (separata del Núm. 1, de Rabóchei Dielo.). El otro es el Anuncio sobre la reanudación de las publicaciones del grupo Emancipación del Trabajo . 43 Ambos están fechados en 1899, cuando la “crisis del marxismo” estaba planteada a la orden del día desde hacía ya mucho tiempo. ¿Y bien? En vano buscaríamos en el primero de dichos documentos una alusión a este fenómeno y una exposición definida de la actitud que el nuevo órgano piensa adoptar ante él. Ni en este programa ni en los suplementos del mismo, aprobados por el III Congreso de la Unión en 1901.

(Dos congresos, pág. 15-18), se dice una sola palabra de la labor teórica ni de sus tareas inmediatas en el momento actual. Durante todo este tiempo, la redacción de Rabóchei Dielo ha dado de lado los problemas teóricos, a pesar de que preocupaban a todos los socialdemócratas del mundo entero.

Por el contrario, el otro anuncio señala, ante todo, que en los últimos años ha decaído el interés por la teoría, reclama con insistencia que se preste una “atención vigilante al aspecto teórico del movimiento revolucionario del proletariado” y llama a “criticar implacablemente las tendencias bernsteinianas y otras tendencias antirrevolucionarias” en nuestro movimiento. Los números aparecidos de Zariá muestran cómo se ha cumplido este programa.

Vemos, pues, que las frases altisonantes contra el anquilosamiento de la idea, etc., encubren la despreocupación y la impotencia en el desarrollo del pensamiento teórico. El ejemplo de los socialdemócratas rusos ilustra con particular evidencia un fenómeno europeo general (señalado también hace ya mucho por los marxistas ale - manes): la famosa libertad de crítica no significa sustituir una teoría con otra, sino liberarse de toda teoría íntegra y meditada; significa eclecticismo y falta de principios. Quien conozca, por poco que sea, el estado efectivo de nuestro movimiento verá forzosamente que la vasta difusión del marxismo ha ido acompañada de cierto menosprecio del nivel teórico. Son muchas las personas muy poco preparadas, e incluso sin preparación teórica alguna, que se han adherido al movimiento por su significación práctica y sus éxitos prácticos. Este hecho permite juzgar cuán grande es la falta de tacto de Rabóchei Dielo al lanzar con aire triunfal la sentencia de Marx: “cada paso del movimiento efectivo es más importante que una docena de programas”. Repetir estas palabras en una época de dispersión teórica es exactamente lo mismo que gritar al paso de un entierro: “¡Ojalá tengáis siempre uno que llevar!”. Además, estas palabras de Marx han sido toma - das de su carta sobre el Programa de Gotha,45 en la cual censura duramente el eclecticismo en que se incurrió al formular los principios: si hace falta unirse —escribía Marx a los dirigentes del partido—, pactad acuerdos para alcanzar los objetivos prácticos del movimiento, pero no trafiquéis con los principios, no hagáis “concesiones” teóricas. Tal era el pensamiento de Marx, ¡pero resulta que entre nosotros hay gente que en nombre de Marx trata de aminorar la importancia de la teoría!

Sin teoría revolucionaria tampoco puede haber movimiento revolucionario. Jamás se insistirá bastante sobre esta idea en unos momentos en que a la prédica de moda del oportunismo se une la afición a las formas más estrechas de la actividad práctica. Y para la socialdemocracia rusa, la importancia de la teoría es mayor aún, debido a tres circunstancias que se olvidan con frecuencia. En primer lugar, nuestro partido sólo empieza a organizarse, sólo comienza a formar su fisonomía y dista mucho de haber ajustado sus cuentas con las otras tendencias del pensamiento revolucionario que amenazan con desviar el movimiento del camino justo. Por el contrario, precisamente los últimos tiempos se han distinguido (como predijo hace ya mucho Axelrod a los “economistas”) por una reanimación de las tendencias revolucionarias no socialdemócratas. En estas condiciones, un error “sin importancia” a primera vista puede tener las más tristes consecuencias, y sólo gente miope puede considerar inoportunas o superfluas las discusiones fraccionales y la delimitación rigurosa de los matices. De la consolidación de tal o cual “matiz” puede depender el porvenir de la socialdemocracia rusa durante muchísimos años.

En segundo lugar, el movimiento socialdemócrata es internacional por naturaleza. Esto no significa únicamente que debamos combatir el chovinismo nacional. Significa también que el movimiento incipiente en un país joven sólo puede desarrollarse con éxito a condición de que aplique la experiencia de otros países. Y para ello no basta conocer simplemente esta experiencia o limitarse a copiar las últimas resoluciones adoptadas; para ello es necesario saber enfocar de modo crítico esta experiencia y comprobarla uno mismo. Quienes se imaginen cuán gigantescos son el crecimiento y la ramificación del movimiento obrero contemporáneo comprenderán cuántas fuerzas teóricas y cuánta experiencia política (y revolucionaria) se necesitan para cumplir esta tarea.

En tercer lugar, ningún otro partido socialista del mundo ha tenido que afrontar tareas nacionales como las que tiene planteadas la socialdemocracia rusa. Más adelante debe - remos hablar de los deberes de índole política y orgánica que nos impone esta tarea de liberar a todo el pueblo del yugo de la autocracia. Por el momento, queremos señalar únicamente que sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia. Y para que el lector tenga una idea concreta, por poco que sea, de lo que esto significa, que recuerde a precursores de la socialdemocracia rusa como Herzen, Belinski, Chernyshevski y a la brillante pléyade de revolucionarios de los años 70; que piense en la importancia universal que está alcanzando ahora la literatura rusa; que … ¡pero basta con lo dicho!

Aduciremos las observaciones hechas por Engels en 1874 a la significación de la teoría en el movimiento socialdemócrata. Engels reconoce tres formas de la gran lucha de la socialdemocracia, y no dos (la política y la económica) —como es usual entre nosotros—, colocando también a su lado la lucha teórica. Sus recomendaciones al movimiento obrero, alemán, ya robustecido en los aspectos práctico y político, son tan instructivas desde el punto de vista de los problemas y las discusiones actuales que el lector no nos recriminará, así lo esperamos, por reproducir un extenso fragmento del prefacio al folleto Der deutsche Bauernkrieg, 46 que desde hace ya mucho es una rareza bibliográfica:

“los obreros alemanes tienen dos ventajas esenciales sobre los obreros del resto de Europa. La primera es que pertenecen al pueblo más teórico de Europa y han conservado en sí ese sentido teórico, casi completamente perdido por las clases llama - das “cultas” de Alemania. Sin la filosofía alemana que le ha precedido, sobre todo sin la filosofía de Hegel, jamás se habría creado el socialismo científico alemán, el único socialismo científico que ha existido alguna vez. De haber carecido los obreros de sentido teórico, este socialismo científico nunca hubiera sido, en la medida que lo es hoy, carne de su carne y sangre de su sangre. Y demuestra cuán inmensa es dicha ventaja, de un lado, la indiferencia por toda teoría, que es una de las causas principales de que el movimiento obrero inglés avance con tanta lentitud, a pesar de la excelente organización de algunos oficios, y de otro, el desconcierto y la confusión sembrados por el proudhonismo, en su forma primitiva, entre los franceses y los belgas, y, en la forma caricaturesca que le ha dado Bakunin, entre los españoles y los italianos.

La segunda ventaja consiste en que los alemanes han sido casi los últimos en incorporarse al movimiento obrero. Así como el socialismo teórico alemán jamás olvidará que se sostiene sobre los hombros de Saint-Simon, Fourier y Owen —tres pensadores que, a pesar del carácter fantástico y de todo el utopismo de sus doctrinas, pertenecen a las mentes más grandes de todos los tiempos, habiéndose anticipado genialmente a una infinidad de verdades cuya exactitud estamos demostrando ahora de un modo científico—, así también el movimiento obrero práctico alemán nunca debe olvidar que se ha desarrollado sobre los hombros del movimiento inglés y francés, que ha tenido la posibilidad de sacar simplemente partido de su experiencia costosa, de evitar en el presento los errores que entonces no había sido posible evitar en la mayoría de los casos. ¿Dónde estaríamos ahora sin el precedente de las tradeuniones inglesas y de la lucha política de los obreros franceses, sin ese impulso colosal que ha dado particularmente la Comuna de París?

Hay que hacer justicia a los obreros alemanes por haber aprovechado con rara inteligencia las ventajas de su situación. Por primera vez desde que existe el movimiento obrero, la lucha se desarrolla en forma metódica en sus tres direcciones concertadas y relacionadas entre sí: teórica, política y económicopráctica (resistencia a los capitalistas). En este ataque concéntrico, por decirlo así, reside precisamente la fuerza y la invencibilidad del movimiento alemán.

Esta situación ventajosa, por su parte, y, por otra, las peculiaridades insulares del movimiento inglés y la represión violenta del francés hacen que los obreros alemanes se encuentren ahora a la cabeza de la lucha proletaria. No es posible pronosticar cuánto tiempo les permitirán los acontecimientos ocupar este puesto de honor. Pero, mientras lo sigan ocupando, es de esperar que cumplirán como es debido las obligaciones que les impone. Para esto, tendrán que redoblar sus esfuerzos en todos los aspectos de la lucha y de la agitación. Sobre todo los jefes deberán instruirse cada vez más en todas las cuestiones teóricas, desembarazarse cada vez más de la influencia de la fraseología tradicional, propia de la vieja concepción del mundo, y tener siempre presente que el socialismo, desde que se ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal, es decir, que se le estudie. La conciencia así lograda, y cada vez más lúcida, debe ser difundida entre las masas obreras con celo cada vez mayor, y se debe cimentar cada vez más fuertemente la organización del partido, así como la de los sindicatos…

Si los obreros alemanes siguen avanzando de este modo, no es que marcharán al frente del movimiento —y no le conviene al movimiento que los obreros de una nación cualquiera marchen al frente del mismo—, sino que ocuparán un puesto de honor en la línea de combate; y estarán bien pertrechados para ello si, de pronto duras pruebas o grandes acontecimientos reclaman de ellos mayor valor, mayor decisión y energía”.

Estas palabras de Engels resultaron proféticas. Algunos años más tarde, al dictarse la Ley de excepción contra los socialistas, los obreros alemanes se vieron de improviso sometidos a duras pruebas. Y, en efecto, estos les hicieron frente bien pertrechados y supieron salir victoriosos de esas pruebas.

Al proletariado ruso le esperan pruebas inconmensurablemente más duras; tendrá que luchar contra un monstruo, en comparación con el cual parece un verdadero pigmeo la Ley de excepción en un país constitucional. La historia nos ha impuesto ahora una tarea inmediata, que es la más revolucionaria de todas las tareas inmediatas del proletariado de cualquier otro país. El cumplimiento de esta tarea, la demolición del más poderoso baluarte no sólo de la reacción europea, sino también (podemos decirlo hoy) de la reacción asiática, convertiría al proletariado ruso en la vanguardia del proletariado revolucionario internacional. Y tenemos derecho a esperar que conquistaremos este título de honor, que se merecieron ya nuestros predecesores, los revolucionarios de los años 70, si sabemos infundir a nuestro movimiento, mil veces más vasto y profundo, la misma decisión abnegada y la misma energía que entonces.

Lenin, la Revolución y América Latina. Rodney Arismendi

Actualidad de los antecedentes teóricos y metodológicos.

6) Desarrollar creadoramente la teoría, siempre sin menoscabo de los principios.

¡Más razón para remitirnos a los textos fundamentales de Marx, Engels y Lenin, como contribución al esclarecimiento en que nos empeñamos! De ellos no esperamos contestaciones para todos los interrogantes que emanan de una revolución cuyo dinamismo abarca el planeta, tampoco cristales de color para acomodar nuestra visión a una realidad “siempre más verde que toda teoría”. Esperamos sí, exhibir una vez más las virtudes creadoras del marxismo-leninismo, lo que significa destacar la aptitud -como guía- de su método para desentrañar los grandes problemas de la historia que se está forjando. Esto nos separa -entre otras razones teóricas- de los empiristas y pragmatistas. En fin, no nos asusta siquiera la posibilidad de ponernos a abrir puertas ya abiertas. Esto puede ser un ademán ridículo mirado desde el ángulo de las pretensiones de originalidad, pero es una faena útil si se la estima desde el punto de vista de los objetivos de la divulgación. Y en este caso, la divulgación es un afluente de la salvaguardia de los principios teóricos y metodológicos.

Además, no nos debe asombrar si a través de la compulsa de los textos críticos de Marx, Engels y Lenin, nos damos de nariz con tendencias, modos de pensar y argumentos, vapuleados al extremo por ellos, y que reaparecen hoy presumiendo ser lo “más avanzado de la contemporaneidad”. Ocurre que la victoria del marxismo-leninismo -como teoría y práctica revolucionaria y edificación del nuevo orden socialista- se acompaña por la floración peculiar -a su derecha y a su izquierda- de diversas formas reverdecidas del desviacionismo clásico. ¡Todo sucede al amparo de jurarse marxistas! Unos, invocan su “santo nombre” y lo reducen a una cantera de citas en disponibilidad que la historia está obligada a verificar hasta en los detalles; otros, lo “desarrollan” hasta tornarlo irreconocible; en verdad, plagian añejas estratagemas y retorcimientos lógicos que el difunto revisionismo esgrimió contra Lenin.

El origen social de este fenómeno ideológico y político reside, aunque suene a paradoja, en la propia grandiosidad de la revolución contemporánea. Por un lado, por su extensión y profundidad, la revolución socialista promueve astutamente y sin cesar nuevos problemas; por otro, se realiza y desarrolla internacionalmente como confluencia de la revolución proletaria y el ascenso insurgente de diversas capas y clases sociales oprimidas por el imperialismo; y su escenario ya no es éste o aquel continente, sino el planeta entero. En el crisol ideológico internacional se introduce así, con violencia y agresividad, junto al enfoque del proletariado, la visión contradictoria de sectores sociales no proletarios, alzados contra el capitalismo imperialista, subjetivamente socialistas, que desean refundir sus concepciones con el marxismo-leninismo en vez de asimilarlo.

Nos parece también, que en ciertos sectores de nuestro movimiento comunista se repite el error de “acomodar” nuestra metodología a las urgencias de un lenguaje político casi episódico. Y este camino no es aconsejable. La distorsión quizá sea el reflejo de una contradicción dramática: nuestra época -desde octubre de 1917- colocó la cuestión del poder en el orden del día como tarea internacional; en la fase actual de desarrollo de la revolución socialista, de precipitación de las revoluciones de liberación nacional y democráticas, etcétera, y cuando la crisis del sistema capitalista se ahonda en las peculiaridades de su tercera fase, las perspectivas internacionales del proceso histórico “ acelerado”,18 entran en contradicción con el retardo particular que se observa en tal o cual país o región, donde el partido de la clase obrera se halla estancado largamente y donde las peculiaridades nacionales -acuñadas por tales o cuales determinantes histórico-sociales- no permiten prever mutaciones de significación. Dicho de otro modo: el nivel de la capacidad como fuerza política real de este o aquel sector de nuestro movimiento, no le permite enfocar nacionalmente de un modo concreto, las tareas revolucionarias que internacionalmente están en los primeros puntos del orden del día. Y se cree absorber la contradicción invadiendo con formulaciones-tácticas las zonas privativas de los fundamentos teóricos. Y por ahí a veces, vuelan por la ventana el agua sucia del baño pero también el niño. Marx dijo cierta vez que “cada paso del movimiento real vale más que una docena de programas”;19 pero se refería a la necesidad de desatar la lucha sirviéndose aunque fuera sólo de “programas de acción” –limitado- en el caso de que ciertas formulaciones de principio fuesen un obstáculo para un frente único de combate. Pero advertía específicamente contra los “regateos de principios”.

Todas estas razones obligan a desarrollar creadoramente la doctrina inmortal de Marx, Engels y Lenin, tarea que, desde el XX Congreso del PCUS se perfila como una justa preocupación, aunque también, y no en grado menor, urge defender lo que es esencial en su concepción teórica, inseparable de su método, so pena de resbalar a una u otra forma de revisionismo. Por ello nos arriesgamos a una exposición jalonada de citas -la más engorrosa- en aras de nuestro propósito de situar el método marxista-leninista en la definición de las vías de la revolución. Los clásicos se refirieron muchas veces al tema, no ocasionalmente, sino en obras fundamentales. Debieron estudiarlo con reiteración en todas sus implicaciones teóricas, políticas, organizativas, hasta técnicas.

Transcurrido más de un siglo desde el Manifiesto, estas opiniones integran un aspecto sustancial del acervo teórico del movimiento obrero y comunista internacional. Han cruzado por la experiencia de la clase obrera y los pueblos de la época más revolucionaria de todos los tiempos. Y constituyen buena parte de la trama de esta gesta maravillosa y aleccionadora que entronca todos los gajos del movimiento liberador mundial con la revolución socialista.

Es un cauce acodado por revoluciones de todo tipo y carácter (democráticas, agrarias y antimperialistas, socialistas, etcétera, o de combinación de varias vertientes del combate emancipador) y que, por lo mismo, otorgan a la experiencia una gama muy rica de posibilidades. Poseemos material bastante para no llamarnos a engaño acerca de la validez de las tesis marxistas - leninistas, acerca de lo que posee o no valor metodológico, permanencia como directriz para la indagación, en los anteriores análisis y sus consiguientes generalizaciones. Es posible localizar y delimitar perfectamente, la manera en que Marx, Engels y Lenin plantean y resuelven el problema, o lo que es lo mismo, en función de qué datos insoslayables, obligatorios, respondían a la cuestión.

Nota:

18 Utilizo la palabra en el sentido en que Lenin subraya los factores de “aceleración” del proceso histórico. 19 Carlos Marx, Obras Escogidas, “Crítica al programa de Gotha”, t. II, p. 8, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú. 20 Ibídem, p. 8.** **

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