Estados Unidos reconoció públicamente que ya tiene armas desplegadas en órbita. La declaración se produce mientras la guerra contra Irán entra en su séptimo mes y Washington enfrenta el desgaste de una campaña militar que ha consumido enormes cantidades de armamento sin conseguir imponer una solución política a Teherán. La militarización del espacio forma parte de la misma escalada estratégica.
El 14 de septiembre, el secretario de la Fuerza Aérea estadounidense, Troy Meink, declaró que Estados Unidos “tiene ahora armas de control espacial en órbita capaces de defender a la Fuerza Conjunta frente a acciones hostiles de adversarios”. El funcionario no informó cuántas son, dónde están desplegadas ni qué tecnología utilizan. La Fuerza Espacial explicó que el concepto de control espacial comprende medios cinéticos y no cinéticos destinados a afectar las capacidades de un adversario y que pueden emplearse con fines ofensivos y defensivos.
La información disponible permite establecer una hipótesis técnica, no una certeza. Victoria Samson, directora de Seguridad y Estabilidad Espacial de la Secure World Foundation, señaló que probablemente se trate de sistemas de interferencia electrónica. El especialista Bleddyn Bowen, de la Universidad de Durham, consideró igualmente más probable un sistema de guerra electrónica o interferencia de radio que un arma cinética. La razón es concreta: destruir físicamente un satélite genera grandes cantidades de residuos orbitales que pueden poner en peligro otros satélites, incluidos los propios.
La declaración estadounidense tiene además una dimensión doctrinaria. La Fuerza Espacial define el “control espacial” como la capacidad de alcanzar una superioridad que permita operar en el momento y lugar elegidos mientras se niega esa posibilidad al adversario. Samson explicó a Al Jazeera que el anuncio constituye la primera admisión oficial de que Washington colocó deliberadamente un arma en el espacio. Hasta ahora, Estados Unidos hablaba de sistemas con capacidades militares, pero evitaba reconocer públicamente que existían armas desplegadas en órbita.
China respondió el 15 de septiembre. El portavoz de su Ministerio de Relaciones Exteriores, Guo Jiakun, declaró: “Nos oponemos a la militarización del espacio exterior, a convertirlo en un campo de batalla y a una carrera armamentista en el espacio”. Beijing reclamó a Estados Unidos “detener la expansión de sus capacidades militares y los preparativos para una guerra en el espacio exterior”.
Moscú sostuvo una posición similar. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, afirmó que el espacio debe mantenerse “libre de cualquier tipo de armas” y que Rusia apuesta por una “consolidación internacional amplia” para avanzar hacia la completa desmilitarización espacial.
Rusia y China, por supuesto, también poseen capacidades de guerra espacial. Un informe del CSIS citado por Al Jazeera señala que ambos Estados disponen o desarrollan armas antisatélite de ascenso directo y capacidades de interferencia, suplantación de señales y operaciones cibernéticas. China demostró además capacidades de aproximación y acoplamiento orbital mediante el satélite Shijian-21. Rusia desarrolla sistemas coorbitales capaces de aproximarse a satélites adversarios.
La diferencia relevante está en la correlación de fuerzas. Estados Unidos dispone de una infraestructura espacial central para su sistema militar: comunicaciones, posicionamiento, inteligencia, vigilancia, detección de lanzamientos y conducción de operaciones. La posibilidad de negar esas capacidades al adversario adquiere una importancia creciente a medida que las guerras dependen de redes digitales y satelitales.
Por eso el anuncio aparece en un momento particularmente significativo. La guerra contra Irán ha expuesto el costo material de una campaña de alta intensidad. Un informe citado por RT señala que estimaciones del CSIS apuntaban, en agosto, a un consumo de aproximadamente la mitad de las existencias estadounidenses previas a la guerra de algunos interceptores Patriot y THAAD y de cerca de un tercio de determinados misiles de largo alcance.
El conflicto también ha mostrado la vulnerabilidad de las infraestructuras militares estadounidenses en la región. Al Jazeera documentó daños producidos por ataques iraníes contra bases estadounidenses en Bahréin y Jordania, mientras Washington continúa utilizando enormes cantidades de medios de defensa aérea y municiones.
En este contexto, la expansión hacia el espacio adquiere una dimensión concreta. Si una parte creciente de la capacidad militar depende de satélites, la posibilidad de interferirlos, inutilizarlos o protegerlos se convierte en un componente de la guerra. El Pentágono busca conservar su ventaja tecnológica mientras enfrenta una competencia cada vez más intensa con China y Rusia.
RT señala además que el anuncio estadounidense coincide con el desarrollo de la Cúpula Dorada, cuyo diseño incorpora sensores espaciales e interceptores que operarían desde el espacio. Expertos citados por el medio advierten que este tipo de arquitectura puede incentivar a Rusia y China a desarrollar nuevos sistemas capaces de atravesar esas defensas.
El Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967 prohíbe colocar armas nucleares y otras armas de destrucción masiva en órbita, pero no establece una prohibición general de las armas convencionales. Esa brecha jurídica permite que sistemas antisatélite, interferidores y otras capacidades de guerra espacial continúen desarrollándose.
La secuencia es clara: Estados Unidos reconoce armas en órbita; China denuncia una carrera armamentista; Rusia reclama mantener el espacio libre de armas; las tres potencias continúan desarrollando capacidades para afectar los sistemas espaciales de sus adversarios.
La guerra contra Irán constituye parte del contexto de esta aceleración. Washington está reorganizando su aparato militar a partir de las dificultades encontradas en una guerra de alta intensidad, con mayor dependencia de sistemas autónomos, inteligencia artificial, defensa antimisiles y capacidades espaciales. La competencia tecnológica expresa una disputa material por conservar la superioridad militar en una correlación internacional donde esa superioridad enfrenta límites cada vez más visibles.
El imperialismo está llevando la competencia militar a un nuevo dominio. Esta vez, la frontera de la guerra está a cientos de kilómetros sobre la Tierra.