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Balance del VIII Congreso del Frente Amplio

Un Congreso para cerrar filas

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El VIII Congreso del Frente Amplio, realizado entre el 16 y el 18 de octubre en el Palacio Peñarol, tuvo lugar en una coyuntura que exigía discutir a fondo la orientación política del gobierno y el papel de la fuerza política frenteamplista. La desaprobación de la gestión de Yamandú Orsi llegó al 57%, mientras apenas el 24% la aprobaba, según la encuesta de Cifra publicada el 15 de octubre. Dentro del electorado frenteamplista, además, la evaluación distaba de ser homogénea: el 28% desaprobaba la gestión presidencial. La situación reclamaba respuestas políticas capaces de explicar el deterioro de la relación con una parte del pueblo que votó al Frente Amplio y de definir cómo corregir el rumbo. Sin embargo, el Congreso estuvo atravesado por otra prioridad: preservar la conducción y proyectar una imagen de unidad.

Una candidatura resuelta antes de la discusión

El documento base reconocía la existencia de un «estado de ánimo adverso» en la militancia. La expresión daba cuenta de un problema político que la dirección conocía. Había descontento con las decisiones del gobierno, con sus límites programáticos y con la distancia entre las expectativas generadas durante la campaña electoral y las respuestas ofrecidas desde el Ejecutivo.

El Plenario Nacional resolvió proponer nuevamente a Fernando Pereira para la presidencia del Frente Amplio. La decisión se tomó por unanimidad el 5 de setiembre y descartó, en los hechos, una competencia entre candidaturas. El Congreso terminó ratificándola por aclamación, tal como informó la propia fuerza política en su resolución del 18 de octubre.

El problema está en cómo se construyó esa decisión. El debate sobre la continuidad de Pereira no tuvo un proceso de discusión previo, en tiempo y forma, que permitiera a los comités de base analizar la propuesta, fijar posición y mandar a sus delegados al Plenario Nacional. Hubo instancias de discusión en torno al documento general del Congreso; eso no resuelve la cuestión concreta de la elección de autoridades. Una cosa es discutir un documento de 292 párrafos y otra, muy distinta, definir con participación efectiva quién conducirá la fuerza política durante el próximo período.

La candidatura llegó a la instancia final respaldada por los acuerdos entre los sectores de dirección. Las bases debían discutir los problemas de la fuerza política, pero la decisión sobre su presidencia ya venía prácticamente cerrada. El Congreso tuvo así un margen reducido para discutir una de las cuestiones centrales de su propia organización.

También importa lo ocurrido durante la votación. De los aproximadamente 2.200 congresales, unos 1.500 estaban presentes cuando se comenzó la reelección de Pereira. ¿Qué expresa la ausencia de alrededor de 700 delegados en una decisión que la dirección presentaba como una señal fundamental de unidad? No es posible atribuirles a todos una misma posición política. Pero es una mentira aludir expresión unánime del conjunto del Congreso.

Durante las argumentaciones a favor de la reelección, planteadas con un tono más próximo al de un acto político que al de una deliberación congresal, numerosos delegados se levantaron y se retiraron del Palacio Peñarol. La elección terminó por aclamación, pero una parte de quienes habían llegado para debatir abandonó la sala antes de que concluyera esa discusión.

«¡Mañana la prensa va a tener que decir que el Frente Amplio sale más unido que nunca!», arengó el senador Óscar Andrade. La frase expresó con claridad el objetivo comunicacional que atravesó la instancia: instalar públicamente la imagen de un Frente Amplio unido detrás de su conducción. Sin embargo, las diferencias que provocaron el descontento siguieron presentes. La escena de unidad que se buscó construir no resolvió los conflictos políticos que el propio documento base reconocía.

Las diferencias que el Congreso no quiso procesar

La misma lógica apareció en las comisiones. Las mociones que proponían una autocrítica más profunda, exigían compromisos concretos al gobierno o cuestionaban su orientación encontraron dificultades para reunir votos. En algunos casos, la discusión se cerró por una correlación de fuerzas que favorecía a las posiciones de la conducción. En otros, ni siquiera se habilitó el tratamiento de propuestas que interpelaban directamente la política del Ejecutivo.

Uno de los episodios más significativos ocurrió en la comisión de coyuntura internacional. El comité de base El Galpón presentó una moción que reclamaba la remoción del canciller por considerar que la política exterior del gobierno se apartaba de los principios antiimperialistas, anticolonialistas y de defensa de la soberanía nacional que integran la identidad histórica del Frente Amplio.

La moción cuestionaba, entre otros puntos, la posición oficial frente al genocidio contra el pueblo palestino, la participación en la iniciativa estadounidense denominada «Escudo de las Américas», la respuesta ante las agresiones de Estados Unidos contra otros países y las declaraciones del canciller sobre Cuba y Venezuela. A partir de ese conjunto de cuestionamientos, solicitaba al Congreso una definición política clara y el pedido de remoción del ministro.

La propuesta recibió una de las ovaciones más fuertes de la comisión. Sin embargo, fue considerada improcedente. Gabriel Mazzarovich intervino en contra y su posición contribuyó a ordenar los votos para impedir que prosperara.

El Frente Amplio reafirmó formalmente su identidad antiimperialista en la resolución general del Congreso, pero una moción que reclamaba consecuencias concretas ante decisiones de política exterior que sus promotores juzgaban contrarias a esos principios ni siquiera pudo avanzar. El reconocimiento de un principio histórico tiene un alcance limitado cuando no se traduce en una posición política frente a las decisiones del gobierno.

La intervención de Mazzarovich también mostró la coincidencia entre la posición defendida por el Partido Comunista y la línea política sostenida por el bloque mayoritario del gobierno, particularmente el MPP. La convergencia de votos permitió mantener fuera de discusión una exigencia que había encontrado un respaldo visible entre los delegados presentes. Para quienes cuestionamos esa orientación, la escena expresó un acuerdo entre las direcciones que terminó pesando más que el planteo surgido desde un comité de base.

Otro momento significativo se produjo cuando Ernesto «Flaco» Agazzi argumentó contra la reivindicación del 6% del PIB para la educación pública y el 1% para investigación e innovación. La intervención fue recibida con abucheos de numerosos congresales. El episodio mostró que existía un malestar concreto ante la distancia entre los compromisos históricos del Frente Amplio y las decisiones presupuestales del gobierno. La reacción de la sala dejó en evidencia que la conducción no podía dar por cerrado ese asunto con una explicación sobre las limitaciones económicas.

En ambos casos, las discrepancias expresaban una pregunta que el Congreso debía afrontar: ¿qué mecanismos tiene la militancia para exigir que las decisiones del gobierno respeten las definiciones programáticas de la fuerza política? La discusión quedó subordinada a la preservación de la línea acordada por las direcciones.

Del compromiso programático al debate futuro

La resolución sobre el eventual impuesto al 1% más rico permite observar el mismo problema desde otro ángulo. El Congreso aprobó comenzar a discutir la posibilidad de establecer ese gravamen, una propuesta vinculada a la necesidad de obtener recursos para financiar políticas sociales y enfrentar la desigualdad.

La decisión abrió una discusión relevante, pero su alcance inmediato fue limitado. El senador del MPP Daniel Caggiani lo explicó con claridad después del Congreso: «Lo importante es que esto se va a empezar a debatir». Añadió que el proceso continuaría el año próximo y que, una vez concluida la discusión, se definiría qué hacer.

La diferencia entre debatir una medida y asumir el compromiso de aplicarla es políticamente importante. El Congreso no estableció la creación del impuesto ni fijó una decisión que obligara al gobierno a avanzar en esa dirección. Dejó abierta una discusión futura.

El Frente Amplio llegó al gobierno con compromisos que respondían a demandas de los trabajadores y de los sectores populares. El debate sobre esos compromisos debe servir para evaluar su cumplimiento y resolver cómo avanzar. Cuando el Congreso transforma las definiciones concretas en asuntos para discutir más adelante, la fuerza política reduce su capacidad para incidir sobre el rumbo del Ejecutivo.

También faltó un balance profundo sobre el plebiscito en defensa de la seguridad social de octubre de 2024. La dirección del Frente Amplio no respaldó la iniciativa impulsada por el movimiento sindical y mantuvo la libertad de acción, mientras 111 economistas y profesionales vinculados a la fuerza política se organizaron públicamente para argumentar contra la papeleta del Sí mediante la plataforma «Frenteamplistas por el No». Una moción que proponía profundizar la autocrítica sobre aquella actuación fue desestimada por falta de votos. El Congreso también presentó el resultado del Diálogo Social como una «decisión responsable y madura» del Frente Amplio, omitiendo que el propio Poder Ejecutivo, al recibir sus conclusiones, aclaró que sus propuestas no suponían compromisos inmediatos de implementación y que las decisiones dependerían de las condiciones económicas, institucionales y políticas (Ministerio de Economía y Finanzas, 28 de abril de 2026). La evolución posterior confirma los límites de aquella valoración: el 14 de octubre, Rodrigo Arim explicó que el retiro anticipado a los 60 años con 30 años de aportes implica una prestación menor para quienes no cuentan con el complemento solidario. Para un trabajador con 30 años de aportes, ejemplificó, la tasa de reemplazo rondaría el 36% a los 60 años, frente a algo más del 50% a los 65. Los trabajadores de menores ingresos podrían recibir un complemento, pero para los demás adelantar el retiro supone una reducción del monto jubilatorio (En Perspectiva, 14 de octubre de 2026). Así, una de las medidas presentadas como resultado positivo del diálogo tiene un alcance desigual y un costo concreto para muchos trabajadores. Ni el plebiscito ni el Diálogo Social podían quedar saldados con una valoración favorable: exigían examinar las decisiones adoptadas, las responsabilidades políticas y las consecuencias materiales para quienes viven de su trabajo.

La correlación de fuerzas y el Frente Amplio que necesitamos

El VIII Congreso fue una fotografía de la correlación de fuerzas que predomina actualmente en el Frente Amplio. Los sectores que conducen la fuerza política conservaron la iniciativa y consiguieron ratificar su orientación general. Las posiciones que reclamaban una autocrítica más profunda, mayor firmeza frente a las decisiones del gobierno y medidas de transformación con compromisos verificables no lograron modificar esa relación de fuerzas.

La experiencia del Congreso también mostró la importancia del aparato político. Las razones pueden estar bien fundamentadas y las conclusiones ser justas, pero no se imponen por su propia consistencia. En una instancia de este tipo pesan los intereses organizados, los acuerdos entre sectores, la capacidad de coordinar delegados y la fuerza acumulada para intervenir en las comisiones y en el plenario. Quien quiera cambiar la correlación de fuerzas tiene que partir de esa realidad. Hace falta producir análisis rigurosos, estudiar los problemas concretos y llegar a conclusiones políticas correctas, pero también construir un partido con un aparato suficientemente amplio, organizado y disciplinado para actuar en los espacios donde se toman las decisiones, disputar las mayorías y transformar esa correlación. Sin organización, incluso los argumentos más sólidos pueden quedar reducidos a intervenciones aplaudidas que después pierden las votaciones.

La resolución final reafirmó los principios antioligárquicos, antiimperialistas, antipatriarcales y antirracistas, y presentó la elección de Pereira como una expresión de unidad fortalecida. También volvió a colocar en el centro la vocación de gobierno, el diálogo y la incorporación de amplios sectores sociales al proyecto político.

La identidad histórica del Frente Amplio se construyó alrededor de la movilización popular, la lucha antiimperialista y la defensa de los intereses de los trabajadores. Su desarrollo como fuerza de gobierno modificó las condiciones de esa relación, pero también hizo más necesaria una organización capaz de intervenir sobre las decisiones del Ejecutivo desde una posición política propia.

El Frente Amplio corre el riesgo de desdibujar esa identidad cuando la unidad se identifica con la continuidad de los acuerdos entre las direcciones y la discrepancia se trata como un problema que conviene contener. El consenso entre los sectores puede ordenar una estructura partidaria; por sí mismo, no resuelve las diferencias entre las expectativas populares y las decisiones de gobierno.

El resultado del Congreso obliga, por tanto, a discutir qué entendemos por unidad. La unidad política requiere acuerdos sobre objetivos, compromisos compartidos y mecanismos para resolver las diferencias. Una dirección que consigue ratificarse sin procesar las críticas puede preservar el orden interno durante un tiempo, pero mantiene abiertas las causas del descontento.

En ese contexto aparece la reivindicación de «FA te escucha» como una propuesta para acercarse nuevamente a la ciudadanía. Escuchar es necesario, especialmente cuando una parte del electorado que acompañó al Frente Amplio expresa disconformidad con su gobierno. Pero el vínculo con el pueblo requiere mucho más que recoger opiniones. Necesita espacios donde los trabajadores organizados, los comités de base y las organizaciones sociales puedan discutir las políticas públicas, elaborar propuestas y ejercer una presión efectiva para que se cumplan los compromisos asumidos.

La militancia necesita intervenir cuando se define el rumbo, no solamente cuando se procura recuperar la confianza después de una decisión gubernamental cuestionada. Los comités de base deben recuperar capacidad de elaboración política y decisión, y el Frente Amplio debe fortalecer su relación con las organizaciones populares que impulsan reivindicaciones concretas sobre salarios, educación, vivienda, seguridad social y distribución de la riqueza.

El VIII Congreso ofreció la oportunidad de convertir el malestar reconocido en el documento base en una discusión política capaz de modificar la orientación de la fuerza. La decisión de privilegiar la ratificación de la conducción dejó esa tarea pendiente.

Redacción En Marcha
Firma invitada / Redacción

Redacción En Marcha

Colaborador de En Marcha

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