“Frenteamplistas tenemos que hablar” fue una convocatoria impulsada por militantes y sectores del Frente Amplio que, desde la autocrítica y el compromiso, buscó abrir un espacio de reflexión colectiva sobre el rumbo de la fuerza política. No fue una instancia de ruptura, sino de reafirmación: un llamado a recuperar el espíritu transformador y popular que dio origen al Frente, a volver a poner en el centro a la clase trabajadora, al pueblo organizado y al proyecto artiguista de justicia social y soberanía. En un momento de repliegue, esta iniciativa expresó la voluntad de muchos frenteamplistas de reencontrarse con las raíces del movimiento y reconstruir la esperanza desde abajo, con diálogo, fraternidad y sentido histórico.
Congreso del Pueblo llevó una reflexión propia al espacio y hoy se la compartimos a los lectores.
Compañeras y compañeros:
Nos convocamos a conversar, no desde la distancia, sino desde el compromiso. Porque somos frenteamplistas, porque defendemos esta herramienta que el pueblo construyó con sacrificio, y porque queremos fortalecerla para que vuelva a ser lo que fue: la fuerza transformadora de los humildes, de la clase trabajadora, del pueblo organizado.
Dentro del propio campo popular, vivimos una dispersión de fuerzas, un desgaste de la esperanza.
La correlación de fuerzas actual no es nueva. Responde al retroceso revolucionario que siguió a la caída de la URSS, cuando el imperialismo logró imponer su hegemonía y el campo popular perdió referencias.
En Uruguay, ese cambio se expresó en los años noventa y se consolidó en la crisis de 2002, cuando el Frente Amplio asumió una lealtad institucional con el gobierno de Jorge Batlle, en lugar de impulsar la movilización popular contra la bancarrota del modelo neoliberal.
Aquel gesto, que buscó mostrarse responsable, marcó un punto de inflexión: el campo popular pasó de la confrontación a la administración, de la lucha a la conciliación. En este tiempo de confusión global, el artiguismo vuelve a ser una brújula.
Esa correlación de fuerzas aún pesa sobre nosotros.
Durante los gobiernos frenteamplistas se avanzó en derechos, en justicia social, en inclusión. Pero no se tocaron las estructuras de poder: la tierra siguió concentrada, la banca en manos privadas, la riqueza extranjerizada, el comercio exterior sigue regido por los intereses extranjeros, sin control nacional.
Es hora de hacer la autocrítica con honestidad y aprender de la experiencia. No se trata de negar los avances, sino de reconocer los límites: sin cambios estructurales, no hay emancipación.
Hoy el desafío es recomponer una correlación de fuerzas favorable a los trabajadores y al pueblo, capaz de retomar el camino de la liberación nacional y social.
Eso exige volver a colocar a la clase obrera y a las organizaciones populares en el centro del proyecto frenteamplista, no como espectadores, sino como protagonistas.
No queremos un Frente Amplio que se conforme con administrar el Estado; queremos un Frente Amplio que vuelva a disputar el poder. Profundamente artiguista defendiendo la soberanía nacional frente al capital extranjero, la integración latinoamericana frente al aislamiento, y el derecho de los pueblos a decidir su destino frente al imperio.
Eso implica reafirmar su carácter antioligárquico, antiimperialista y popular, retomar el camino de la liberación nacional y social que trazaron Arismendi, Seregni, Michelini, Alba Roballo y tantos más.
Esta discusión no ocurre en el vacío.
El imperialismo atraviesa una crisis de hegemonía y responde volviéndose más violento y más fascista.
El genocidio contra el pueblo palestino, las guerras de ocupación, los bloqueos y la expansión de la OTAN son expresiones del mismo orden mundial en decadencia.
A la vez, surgen polos de poder alternativos —como el bloque de los BRICS.
En esa tensión global se juega también el destino de América Latina y del Uruguay.
Nuestro país no puede ser neutral ni espectador: debe estar del lado de los pueblos que luchan por su soberanía y contra el dominio imperial.
Por eso, el debate sobre el rumbo del Frente Amplio es también un debate sobre la posición del Uruguay en el mundo.
Necesitamos una fuerza política que sepa interpretar este tiempo histórico, que sepa mirar más allá de nuestras fronteras y actuar con conciencia internacionalista.
En este contexto, desde el Congreso del Pueblo planteamos la idea de una Coordinación Antiimperialista frenteamplista como posible camino a transitar.
No una estructura nueva ni paralela, sino una articulación política y de acción, que funcione a través de mesas redondas en los comités de base, donde militantes y colectivos puedan debatir en pie de igualdad, analizar la coyuntura y construir síntesis desde abajo.
Una coordinación que sirva para disputar la orientación del Frente, recuperar su carácter antiimperialista, antioligárquico y recomponer su vínculo con la clase trabajadora y los sectores populares.
No venimos a romper, venimos a recomponer.
A recuperar el espíritu del 65, cuando el Congreso del Pueblo sembró la unidad de las y los trabajadores, base material y moral del Frente Amplio.
A reabrir el debate político dentro del FA, con fraternidad, pero también con firmeza.
Frenteamplistas tenemos que hablar.
Hablar para corregir el rumbo, para recuperar la confianza del pueblo, para que el Frente vuelva a ser la herramienta para avanzar en el proceso democrático hacia transformaciones estructurales.
Porque el Uruguay que soñamos no será obra de conciliaciones, al decir de Arismendi: transformar el pasado artiguista en el presente, necesita un pueblo unido de cara al poder.
Congreso del Pueblo – 1205