Crónica de la Revolución Bolchevique

La chispa que incendió la llama

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(Octubre de 1917, Petrogrado)

La historia de los pueblos no avanza en línea recta. Tiene momentos en que todo se acelera, en que los siglos parecen comprimirse en días. La Revolución de Octubre fue uno de esos instantes: cuando un pueblo exhausto, hambreado y mutilado por la guerra imperialista, irrumpió en la escena y tomó en sus manos el poder de decidir su destino.

I. El invierno del zar

A comienzos del siglo XX, Rusia era un imperio de contrastes extremos: una minoría aristocrática sostenida sobre el trabajo forzoso de millones de campesinos sin tierra. La autocracia zarista gobernaba con puño de hierro, amparada por la Iglesia y los terratenientes, mientras el capitalismo industrial emergente concentraba obreros en fábricas inmensas y miserables.

La Primera Guerra Mundial fue el golpe final. La población padecía hambre y frío, los soldados morían por millones en frentes ajenos a sus intereses, y la autoridad del zar Nicolás II se derrumbaba. En las calles de Petrogrado, las colas del pan se transformaron en asambleas, los talleres en comités y las fábricas en focos de deliberación política.

En febrero de 1917, una insurrección de obreros, soldados y mujeres —las obreras textiles, primeras en lanzarse a la huelga— forzó la abdicación del zar. Nacía el Gobierno Provisional, dominado por liberales y socialistas moderados, que prometía libertades pero mantenía a Rusia en la guerra. Al mismo tiempo, renacían los sóviets, consejos de obreros y soldados que representaban la democracia directa de las masas.

II. El regreso de Lenin

En abril, tras años de exilio, Vladimir Ilich Lenin regresó a Petrogrado en un tren sellado. Su llegada fue un terremoto político. Frente al tibio reformismo del Gobierno Provisional, proclamó con claridad: “Todo el poder a los sóviets”.

Lenin comprendió que la revolución no podía detenerse a medio camino: la paz, el pan y la tierra sólo podían ser conquistados si el poder pasaba a manos del proletariado aliado con el campesinado. En las Tesis de Abril, trazó el rumbo hacia la segunda revolución —la socialista—, transformando al Partido Bolchevique en una organización capaz de dirigir el proceso.

Durante los meses siguientes, los bolcheviques crecieron en influencia. En las fábricas, los obreros se armaban; en los cuarteles, los soldados elegían delegados revolucionarios; en el campo, los campesinos tomaban las tierras sin esperar permiso. La autoridad del Gobierno Provisional, encabezado por Kerenski, se desmoronaba.

III. Los días de Octubre

A comienzos de octubre, la situación era insostenible: hambre, inflación, derrota militar. El pueblo quería paz y poder popular. Lenin, oculto en la clandestinidad, insistía ante el Comité Central: había llegado la hora de actuar. En la madrugada del 25 de octubre (7 de noviembre, según el calendario occidental), los destacamentos de la Guardia Roja, obreros armados bajo la dirección del Sóviet de Petrogrado, comenzaron a tomar los puntos estratégicos de la ciudad: los puentes sobre el Neva, las estaciones de tren, el telégrafo y el Banco del Estado.

John Reed, testigo norteamericano de aquellos días, escribiría en Diez días que estremecieron al mundo: “De pronto, sin alharacas, sin tumulto, los obreros y soldados de Petrogrado se hicieron dueños de la ciudad.”

Al caer la noche, el último bastión del Gobierno Provisional —el Palacio de Invierno— fue rodeado. Los cañones del crucero Aurora tronaron sobre el Neva, dando la señal. Los bolcheviques y los soldados revolucionarios irrumpieron en el palacio; Kerenski huyó disfrazado. Al amanecer, el poder estaba en manos del Sóviet.

En el Congreso de los Sóviets, Lenin apareció ante los delegados y anunció con voz serena: “El poder ha pasado a los sóviets de obreros y campesinos. Se ha iniciado la construcción de una nueva sociedad.” De inmediato, el gobierno obrero-campesino decretó la retirada de la guerra, la nacionalización de la tierra y el control obrero sobre la producción.

IV. El mundo estremecido

Aquella revolución no fue un episodio aislado, sino un punto de inflexión en la historia universal. Por primera vez, los desposeídos —los “nadie”: los proletarios— habían tomado el poder en un Estado inmenso y lo habían mantenido.

Lenin y los bolcheviques sabían que su victoria sólo podría consolidarse si encendía otras revoluciones. Y así fue: durante años, obreros y campesinos del mundo miraron hacia Rusia como se mira un faro. En América Latina, intelectuales y militantes —entre ellos Rodney Arismendi— verían en Octubre una confirmación de que el socialismo no era una utopía europea, sino una posibilidad concreta, universal.

La Revolución Bolchevique cambió el siglo XX: inspiró luchas anticoloniales, sindicatos, partidos, sueños de igualdad. Y aunque el curso posterior de la historia estuvo lleno de contradicciones, su significado profundo permanece: que los pueblos pueden ser dueños de su destino, que la historia puede girar cuando la

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