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Un derrocamiento express del gobierno comunista nepalí
El vértigo con que Nepal pasó de la aparente estabilidad política al derrocamiento del gobierno comunista debería llamar la atención. La prensa internacional presentó los hechos como una explosión de indignación popular contra un régimen “ineficiente y corrupto”, pero omitió recordar que fueron justamente las fuerzas comunistas —con amplio apoyo campesino y popular— las que, tras una década de guerra popular y luego mediante un acuerdo político, lograron acabar con siglos de monarquía absoluta.
En 2008, la proclamación de la República de Nepal fue saludada como un acontecimiento histórico: uno de los últimos reinos del mundo daba paso a un sistema republicano bajo fuerte impronta de las fuerzas de izquierda. Desde entonces, los comunistas han gobernado en coaliciones inestables, con tensiones internas y con dificultades para dar respuesta a problemas estructurales, pero manteniendo un horizonte de soberanía y reforma social que no resulta del agrado de Washington.
Que un gobierno con raíces en esa experiencia emancipadora sea removido tan rápidamente en medio de protestas con cobertura internacional desproporcionada no es un detalle menor: se trata de un golpe al corazón de un proceso que había cuestionado uno de los órdenes más reaccionarios de Asia: la monarquía hereditaria.
¿Qué son las revoluciones de colores?
Las llamadas “revoluciones de colores” aparecieron como herramienta predilecta de la política exterior estadounidense tras la Guerra Fría. Se trata de operaciones de desestabilización política que se presentan bajo ropajes “democráticos” y “ciudadanos”, pero que tienen detrás financiamiento, asesoramiento y cobertura diplomática y mediática de las potencias occidentales.
Su mecánica es conocida:
- Creación o cooptación de ONG locales y movimientos estudiantiles.
- Difusión de símbolos fáciles de identificar (rosas, naranjas, tulipanes, banderas estilizadas).
- Narrativas mediáticas que reducen la complejidad política a un esquema de “pueblo bueno vs. gobierno tiránico”.
- Intervención diplomática y financiera de Occidente para sostener el cambio de régimen.
Ejemplos abundan: la “Revolución de las Rosas” en Georgia (2003), la “Revolución Naranja” en Ucrania (2004), la “Revolución de los Tulipanes” en Kirguistán (2005), y más tarde el Euromaidán de 2014, que culminó con un gobierno abiertamente alineado a la OTAN.
En América Latina, Venezuela es el caso más ilustrativo. Las “guarimbas” de 2014 y 2017, el intento de golpe mediático-diplomático con Juan Guaidó en 2019, y la permanente narrativa internacional que reduce a la Revolución Bolivariana a “dictadura”, repiten los mismos patrones. Se buscaba transformar un descontento real en una herramienta de cambio de régimen favorable a Estados Unidos.
Importancia geopolítica de Nepal
Nepal, pequeño en territorio y población, es gigantesco en relevancia geopolítica. Situado entre China e India, dos potencias en ascenso, se convierte en una bisagra estratégica. Para China, mantener una frontera estable con Nepal es fundamental para su seguridad en el Tíbet y para extender proyectos de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI). Para India, Nepal es parte de su zona de influencia histórica, pero también un punto de fricción permanente con Pekín.
Estados Unidos observa todo esto con atención. En su estrategia de “contención” a China, cualquier espacio de inestabilidad que pueda ser manipulado es útil. Por eso, Washington ha invertido en programas de USAID y NED en Nepal, financiando proyectos que van desde “fortalecimiento democrático” hasta “empoderamiento juvenil”. En apariencia inocuos, en la práctica suelen ser los canales de penetración política e ideológica que preparan el terreno para una revolución de colores.
La sola existencia de un gobierno comunista en esa encrucijada regional es intolerable para la estrategia imperial: no tanto por el tamaño de Nepal, sino por el valor simbólico de un país que se liberó de una monarquía arcaica y ensayó caminos soberanos.
Algunos datos que nos hacen sospechar
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Cobertura mediática inmediata y positiva: cadenas como CNN, BBC y Al Jazeera transmitieron casi en tiempo real los disturbios en Katmandú, presentando a los manifestantes como héroes de la democracia. Difícil no notar la diferencia con lo que ocurre en África o en Myanmar: allí, cuando las movilizaciones tienen un carácter antiimperialista o contra dictaduras aliadas de Occidente, los medios minimizan, distorsionan o simplemente silencian la noticia.
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Profesionalización de las protestas: en pocos días aparecieron carteles uniformes, banderas bien diseñadas y campañas digitales con hashtags internacionales. Todo ello requiere recursos, planificación y experiencia que difícilmente surjan de manera espontánea en un país con altos niveles de pobreza.
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Apoyo diplomático coordinado: Estados Unidos, la Unión Europea y varias embajadas occidentales condenaron al gobierno comunista casi en simultáneo, legitimando a la oposición antes de que se aclarara la situación institucional interna.
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El regreso del viejo libreto: fundaciones y programas vinculados a la CIA reaparecen en la escena. Basta rastrear la presencia de ONG financiadas por la NED y la USAID en Nepal para ver que el guion no se improvisa: hace años se prepara el terreno para un estallido controlado.
Ojo con Nepal
El pueblo nepalí tiene motivos legítimos para protestar: pobreza persistente, corrupción, fragmentación política y promesas incumplidas tras la abolición de la monarquía. Pero el punto central es quién capitaliza esa energía. Si son las fuerzas populares y soberanas, podríamos hablar de un proceso revolucionario genuino. Si, por el contrario, es un movimiento guiado y sostenido desde Washington, se tratará de una nueva “revolución de colores” al servicio de la geopolítica imperialista.
Lo inquietante es la asimetría en la cobertura mediática: cuando se trata de movilizaciones contra gobiernos incómodos para Occidente, la prensa internacional se multiplica para amplificarlas. Cuando las masas se levantan contra regímenes aliados del imperialismo —como en Myanmar, cuando el pueblo enfrentó al golpe militar apoyado por grandes intereses regionales, o en África, donde en Níger, Mali y Burkina Faso surgieron gobiernos que cuestionaron el dominio francés y estadounidense—, entonces los mismos medios hablan de “golpes de Estado” o de “populismo militarista”.
La moraleja es clara: no se trata de democracia o dictadura, son intereses en disputa.
Por eso, más que dejarnos arrastrar por el entusiasmo mediático, debemos mantener una mirada crítica. Ojo con Nepal: lo que aparenta ser una revuelta popular puede convertirse en una nueva pieza del engranaje imperialista para cercar a China, fracturar Asia y liquidar cualquier experiencia de soberanía incómoda para Washington.