La memoria de un hijo de preso político

Un día en el Penal de Libertad

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En las décadas de los 60 y 70, ante el ascenso de la lucha popular en el continente —producto de la crisis estructural del capitalismo—, el imperialismo impulsó un profundo ajuste estructural basado en el terrorismo de Estado como estrategia de dominación de carácter fascista. Su objetivo fue imponer, a sangre y fuego, el proyecto político del capital financiero internacional.

Esta ofensiva reaccionaria buscó desarticular todo movimiento de lucha mediante la aplicación planificada y coordinada de la tortura, la desaparición forzada y el asesinato. A este entramado represivo se lo conoció como Plan Cóndor. No solo se trataba de aplastar las expresiones de lucha del momento, sino también de condicionar el futuro, sembrando el miedo y la desmoralización.

La desaparición, el asesinato y la tortura se convirtieron en prácticas sistemáticas, orientadas a quebrar voluntades y destruir personalidades. Su objetivo era desmoralizar a la clase obrera, a los estudiantes, a la intelectualidad y a todo aquel considerado “subversivo”, es decir, a quienes impulsaban un proyecto de liberación nacional y social.

En este marco, relatamos una breve historia —una entre tantas— vivida por la clase obrera y el pueblo uruguayo bajo la represión. Es la historia de nuestra familia, que, junto a muchas otras, conforma la memoria viva de la verdad histórica. Una memoria necesaria para dimensionar en toda su magnitud lo que significó el golpe de Estado y sus consecuencias, y para reafirmar el compromiso de que nunca más haya terrorismo de Estado en Uruguay, avanzando hacia una democracia plena con justicia social.

Provenimos de una familia comunista, comprometida con la causa de la clase obrera y del pueblo. Mi padre, Héctor “el Negro” Peña, nació el 29 de junio de 1945. Fue hijo de Sixto María Peña, obrero del transporte, y de Blanca Rosa Pérez, ama de casa.

El Negro Peña participó activamente en los procesos de unidad, movilización y lucha del pueblo. Se afilió a la UJC en 1957, destacándose como organizador y dirigente. En su juventud comenzó a trabajar en el transporte como guarda de AMDET, donde inició su militancia sindical.

En 1966, la CNT analizó el desarrollo de la crisis capitalista y la ofensiva imperialista a nivel mundial y continental. Allí definió un programa de transformaciones profundas y resolvió que, ante un golpe de Estado, la clase obrera respondería con una huelga general.

Así fue como mi padre, junto a sus compañeros, organizó la ocupación de los talleres de AMDET en el Buceo, frente al cementerio. Tras 15 días de heroica resistencia, en medio de allanamientos, detenciones y asesinatos de compañeros como Ramón Peré y Walter Medina, la huelga general marcó uno de los puntos más altos de la lucha de clases en nuestro país, hiriendo profundamente a la dictadura.

Luego de la proscripción de las organizaciones sindicales, sociales y políticas, la persecución se intensificó contra dirigentes obreros y estudiantiles. A mi padre lo hostigaron antes de su detención, buscando quebrarlo moralmente. Pero, según sus compañeros, fue un revolucionario íntegro: no le dio tregua al fascismo.

Esa fortaleza se sostuvo también en el apoyo inquebrantable de su compañera de vida, mi madre, Teresa Galarza —la “Negra Galarza” para los camaradas—, quien luego desempeñaría un papel clave en la organización clandestina de madres y familiares de presos políticos.

Mi padre fue detenido el 11 de setiembre de 1976, en Maldonado, junto a mi madre y conmigo. Yo tenía apenas cuatro meses de vida. Fue un momento durísimo: mis hermanos estaban al cuidado de familiares y compañeros. Mi madre contaba que llegaron a grabar mi llanto para utilizarlo como método de tortura psicológica contra él, junto con la amenaza constante de mi desaparición.

Así comenzó mi experiencia en la resistencia. Al principio, por mi edad, poco comprendía de lo que sucedía a mi alrededor. Crecer con un padre preso político implicaba mudanzas constantes, allanamientos, familias compartiendo la casa, reuniones clandestinas en hogares, iglesias o clubes, actividades culturales y políticas, la campaña del NO en 1980, las grandes movilizaciones de 1983 y el Río de Libertad. Todo eso fue moldeando mi infancia.

Las visitas al Penal de Libertad son uno de los recuerdos más marcados. Especialmente por los besos de mi padre, que me dejaban los cachetes colorados. Teníamos visita cada quince días. Recuerdo el trajinar: levantarse a las tres de la mañana, desayunar, abrigarse como “matriuscas”, cargar bolsas con pedidos, cartas y fotos, esperar la “cita” en Avenida Libertador, encontrarnos con otras familias y emprender el viaje.

La primera parada era en la ciudad de Libertad, donde se bajaba al baño o a comprar algo para el mate. Al llegar al penal, largas filas se formaban para la requisa. Entre la espera y el murmullo, los niños vivíamos ese momento con alegría, sin dimensionar completamente lo que ocurría.

Recuerdo especialmente a dos militares, Amanda y Ana María. A los niños nos revisaban de pies a cabeza: encontrar una simple bolita en un bolsillo podía implicar la suspensión de la visita y sanciones para nuestras madres. Las requisas a las mujeres eran particularmente humillantes. Con el tiempo entendí que todo formaba parte de una política sistemática de hostigamiento, orientada a quebrar moralmente a las familias.

Las visitas duraban unos 45 minutos: en el patio si el clima lo permitía, o en el sótano si llovía. Recuerdo los pisos y paredes amarillas. Los presos ingresaban en fila, con mamelucos grises y un número en el pecho. Las miradas entre familiares y presos transmitían una intensa mezcla de amor y esperanza.

Entre los compañeros de mi padre, recuerdo especialmente al “Chino” Valdez, camarada y amigo del transporte. Las conversaciones eran cautelosas, entre el humo de los cigarrillos que llenaba el ambiente. En algunas visitas recibíamos artesanías hechas por los presos en hueso o madera: verdaderos símbolos de resistencia y anhelo de libertad.

Luego sonaba el timbre. Llegaban los besos de despedida. Mi padre siempre me dejaba la cara marcada. Se formaban dos filas: una para los presos que regresaban a sus celdas, otra para los familiares que se retiraban. Una vez me suspendieron dos visitas por darme vuelta y saludar con la mano. Era algo prohibido.

Para un niño, aquello era incomprensible. Pero hoy entiendo la dimensión de la violencia: la dictadura no solo golpeó a los militantes, sino también a todo su entorno.

Hoy me pregunto: ¿estaba preparada la clase obrera y nuestro pueblo para enfrentar semejante represión?

No lo sé. Pero sí sé que, desde la clandestinidad, el exilio y la cárcel, la dictadura fue derrotada con lucha y dignidad. Sobre los hombros de hombres y mujeres que no son anónimos, que tienen nombre y apellido: Héctor Peña y Teresa Galarza, mis padres.

Con la memoria de todos los compañeros y compañeras que vivimos en carne propia la agresión imperialista, podemos seguir construyendo la verdad histórica, luchar por justicia y garantizar que nunca más haya terrorismo de Estado ni fascismo.

Solo con memoria, verdad y justicia se construye una sociedad más digna.

Cartas de compañeros en respuesta al artículo

Juan Sanguinetti: El Negro con mayúsculas, fue uno de mis referentes en tiempos ideológicos difíciles… Lo conocí en el 89 de lejos y no lo registré mucho pero por el 96 después de la fractura, cuando muchos nos habíamos ido para casa, un día apareció el manco Arevalo (otro gran camarada) por mi casa con el Negro. Estaban haciendo tarea de reasimilacion y vaya que lo lograron. Lo lindo del cuento es que mis hijos eran chicos y estaban fascinados con el. También recibían esos besos tiernos y aquel “choque esos tres” que los dejaba boquiabiertos. Era aparte de un gran comunista, paciente para escuchar, sabio y medido para reencauzarnos a mi y a mi compañera un hombre dulce, tierno, comprensivo y humanamente sabio. De hecho sin dudas fue el comunista más cariñoso que conocí. Fui y lo lloré en su entierro. Merecía…

Carlos Amir Gonzalez: no sabía que eras el hijo de ese héroe de la clase obrera y del pcu, que sin duda fué tu padre, no lo conocí personalmente, pero nos tocó el mismo período de prisión en el penal y lo veía a distancia … Quienes habíamos caído x la ujc, siempre recordamos el relato de los cros que habían pasado la tortura junto a tu padre. Cuando lo llevaban a la “máquina”, tu viejo a sabiendas que lo estarían escuchando los cros , iba siempre gritando a los cuatro vientos … “Viva la clase obrera, Viva el partido comunista” … Salud al recuerdo del “Negro Peña”, comunista y Obrero de ley !!!

Edmundo Estavillo Giró: Querido compañero yo compartí el 300 carlos y artillería 5 en la calle burgués con el negro Peña nos hicimos amigos a pesar de militar en tiendas diferentes y nos sentábamos silla por medio en el cuartel doy fe de la sangrienta tortura que recibió acrecentada por que a cada rato en el 300 carlos gritaba “viva el partido comunista” después en la charlas en el cuartel me contó por que lo hacía,un grandísimo compañero el negro Peña y me emocionó ver su foto,nunca más nos vimos después de salir. Un gran abrazo para vos y para todos.

Miguel Longo: El Negro Peña. ¡Qué valor! Una roca. Le debo un montón de carcajas que nos arrancó en la barraca 4B. Salú a la flia.

Juan Bustos: Todas las dictaduras de Sudamérica fueron orquestadas por el imperialismo norteamericano y encarnan toda la violencia brutal que ejerce el capitalismo salvaje sobre los pueblos explotados y esclavizados, pero lo importante es que una parte imprescindible del pueblo lucha contra esta dominación en extremo violenta y cruel, e impide su total imperio. Y hay hombres como el negro Peña y mujeres como la negra Galarza, con mucha dignidad de seres humanos y gran valentía que jamás se venden ni tampoco se rinden y luchan hasta la victoria, y que deben ser conocidos y contadas sus historias, porque son verdaderos héroes del pueblo. Un abrazo grande fraterno y libertario, compañero.

Ana Reyes: El negro y Teresa orgullo de luchadores, compartí muchos años con ellos y son de los q jamás se olvidan. PRESENTE

Juan Carlos Cano: Diego , soy de los afortunados hombres de este pueblo que conoció al negro Peña a su compañera y a sus cuatro hijos seguidores cada uno a su manera, del camino de lucha trazado por ellos.

Leonardo Denis: Salud camarada!!! Tuve el honor de conocer a tu viejo cuando salió de la cárcel.

Carlos Infante: Salu y Gloria. Los primeros pasos en la militancia orgánica, fue de la mano comprometida con la causa de un mundo mejor del Negro.

Carina Rehermann Armesto: Tus viejos un ejemplo de amor, de solidaridad y de lucha, revolucionarios inolvidables te abrazo

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