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Repaso del discurso del expresidente en su reaparición política

Lacalle Pou y la autoridad

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Foto: EFE
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Luis Lacalle Pou reapareció públicamente el 9 de agosto, en el acto por los 190 años del Partido Nacional, después de meses de bajo perfil. El discurso fue cuidadosamente construido para presentar una nueva etapa política: habló de autoridad, justicia social, libertad, cercanía con la gente y de la necesidad de que la política se adapte a las necesidades de la población. La intervención fue interpretada como un movimiento hacia el centro y como el comienzo de la reconstrucción de un liderazgo con la mirada puesta en 2029.

El problema para Lacalle Pou es bastante concreto: antes de discutir su próximo programa político hay que recordar qué hizo cuando tuvo el poder. La autoridad que ahora reivindica no puede separarse del ejercicio efectivo de la autoridad durante su gobierno. La imagen del dirigente moderado, cercano y capaz de colocarse por encima de las disputas partidarias tiene que medirse contra los resultados materiales de su administración y contra una serie de episodios que comprometieron gravemente la credibilidad institucional de su gobierno.

Su discurso intenta producir una operación política conocida: convertir la experiencia de gobierno en una memoria selectiva. El presidente que vuelve aparece como estadista, como dirigente experimentado, como figura capaz de hablarle a todo el país. El gobierno que dejó atrás queda convenientemente fuera del encuadre. Pero gobernar no consiste en pronunciar conceptos sobre la libertad y la justicia. Gobernar significa decidir cómo se distribuyen los recursos, qué intereses son protegidos por el Estado, qué sectores sociales cargan con los costos de las políticas económicas y qué mecanismos institucionales se utilizan para ejercer el poder.

Y allí aparece una contradicción que la nueva imagen no resuelve.

La administración Lacalle Pou terminó dejando un balance económico bastante menos excepcional que el relato político construido posteriormente. La propia Exposición de Motivos de la Rendición de Cuentas 2024, elaborada por el Ministerio de Economía y Finanzas al cierre del período, señala que el salario real y el empleo sufrieron un deterioro significativo durante los primeros años y que su recuperación posterior apenas permitió retornar a los niveles previos a la pandemia. El mismo documento registra que la pobreza aumentó bruscamente al comienzo del quinquenio y que, aunque posteriormente descendió, quedaron niveles mayores de indigencia y vulnerabilidad en la primera infancia. También señala una tendencia creciente de la desigualdad durante los primeros cuatro años y medio del período.

Estos datos importan porque permiten ubicar la discusión en el terreno donde realmente debe estar: las condiciones materiales de vida de la población trabajadora. El discurso sobre libertad y justicia social adquiere un significado concreto cuando se observa qué ocurrió con los ingresos, el empleo, la protección social y la distribución de los recursos públicos. La administración anterior aplicó una política de contención del gasto y ajuste fiscal durante una parte sustancial del período, mientras la recuperación social se produjo tardíamente. Incluso la Rendición de Cuentas del cierre del gobierno fue cuestionada por haber dejado un déficit fiscal elevado y un endeudamiento creciente.

La cuestión de la seguridad ofrece otro ejemplo. Lacalle Pou construyó buena parte de su identidad política alrededor de la promesa de recuperar el control del territorio y fortalecer la autoridad estatal. Sin embargo, la evaluación de su gestión en seguridad terminó siendo negativa. Una medición de Opción Consultores publicada al cierre de 2025 señalaba que la administración anterior había cerrado con un saldo claramente negativo en esta materia, después de que la desaprobación comenzara a superar ampliamente a la aprobación desde 2022.

Pero hay una dimensión todavía más incómoda para la imagen que intenta reconstruir: la cuestión institucional.

El caso Alejandro Astesiano no fue simplemente la historia de un individuo corrupto que consiguió infiltrarse en las estructuras del Estado. Astesiano era el jefe de seguridad del presidente y fue condenado por delitos vinculados a una trama de falsificación de documentos. La proximidad entre el aparato presidencial y una persona con semejante actividad criminal convirtió el caso en un problema político de primer orden. Posteriormente, Astesiano también fue convocado por Fiscalía como testigo en la investigación sobre la entrega del pasaporte a Sebastián Marset.

El caso Marset profundizó todavía más el problema. La Fiscalía archivó en 2024 la investigación penal sobre la entrega del pasaporte porque entendió que los hechos investigados no configuraban delito. Eso debe ser dicho con precisión: no hubo condena penal por la expedición del documento. Pero el archivo judicial no borra la responsabilidad política ni convierte el episodio en inexistente. El propio dictamen fiscal sostuvo que ministros y subsecretarios involucrados habían faltado a la verdad y ocultado información al Parlamento y a la ciudadanía.

La destrucción posterior de documentación relacionada con ese episodio agravó la cuestión. Una investigación de Cancillería concluyó recientemente que el documento destruido formaba parte de un expediente y señaló responsabilidades administrativas vinculadas al entonces canciller Francisco Bustillo y al exjefe jurídico Carlos Mata. Esa conclusión contradijo además una afirmación realizada públicamente por Lacalle Pou durante su presidencia, cuando sostuvo que el documento no formaba parte de un expediente.

En otras palabras, la defensa de las instituciones que aparece ahora como componente central de su discurso debe confrontarse con lo ocurrido mientras esas instituciones estaban bajo su conducción política.

El caso Cardama constituye otro capítulo particularmente revelador. Durante el gobierno de Lacalle Pou se contrató al astillero español para construir dos patrulleras oceánicas. El contrato superaba los US$ 80 millones. La administración de Yamandú Orsi terminó rescindiéndolo después de detectar graves incumplimientos e irregularidades en las garantías presentadas por la empresa y llevó el asunto a la Justicia. Para entonces, Uruguay ya había desembolsado alrededor de US$ 30 millones.

La importancia política del caso reside en que la elección de Cardama no fue una decisión técnica inevitable. La oferta había sido cuestionada desde el proceso de selección y, según antecedentes divulgados posteriormente, un informe reservado de la Armada había ubicado esa propuesta en último lugar por la escasa experiencia de la empresa en la construcción de ese tipo de buques, mientras recomendaba otra oferta. El gobierno igualmente avanzó con Cardama.

No corresponde convertir cada irregularidad administrativa en una acusación penal contra Lacalle Pou. Eso sería intelectualmente irresponsable. Pero tampoco corresponde aceptar la ficción inversa: que cinco años de gobierno pueden reducirse a una sucesión de buenas intenciones acompañadas por algunos errores cometidos por funcionarios subordinados.

La política tiene responsabilidades de conducción.

Y justamente por eso resulta significativo que Lacalle Pou vuelva hablando de autoridad.

La autoridad política no se deriva únicamente de haber ganado una elección. También depende de la relación entre las decisiones adoptadas desde el poder y las consecuencias que esas decisiones producen. El propio discurso de reaparición puso énfasis en esa diferencia entre poder y autoridad: una cosa sería disponer del poder otorgado por los votos y otra conseguir que las personas consideren legítimas las decisiones adoptadas.

La definición es correcta. El problema es que puede ser utilizada contra su propio autor.

Porque si autoridad significa legitimidad construida mediante la acción política, entonces hay que evaluar qué legitimidad dejó la administración 2020-2025 entre quienes vivieron sus políticas. Los trabajadores públicos que enfrentaron recortes; los sectores populares que padecieron el aumento inicial de la pobreza; quienes soportaron el deterioro salarial de los primeros años; los usuarios de los servicios públicos afectados por la reducción del gasto; y quienes observaron desde afuera los episodios de Astesiano, Marset, la destrucción de documentación y Cardama tienen elementos concretos para juzgar aquella autoridad.

La nueva imagen de Lacalle Pou pretende presentarlo como una figura situada por encima de la administración que encabezó. Como si el expresidente pudiera regresar convertido en una suerte de árbitro del sistema político, capaz de hablar simultáneamente de libertad, justicia social, autoridad y cercanía con la gente. Los análisis publicados después del acto detectaron precisamente ese desplazamiento hacia el centro y una estrategia deliberadamente poco confrontativa.

Pero el centro político no es un espacio vacío. También expresa relaciones de fuerza. La disputa que comienza a instalarse hacia 2029 tendrá necesariamente un componente de reconstrucción de la memoria del período 2020-2025. La derecha necesita que Lacalle Pou vuelva a ser leído principalmente como una figura política y no como el responsable de una administración concreta. Necesita separar al candidato del gobierno que encabezó.

Eso explica buena parte de la operación discursiva.

La tarea de la izquierda consiste en hacer exactamente lo contrario: devolver la política a sus determinaciones materiales. No se trata de discutir si Lacalle Pou pronunció un discurso elegante, si consiguió emocionar a su militancia o si aprendió a moderar su tono. Se trata de preguntarse qué intereses expresó su gobierno, quiénes ganaron y quiénes pagaron los costos de sus políticas.

La administración Lacalle Pou gobernó en favor de una determinada orientación económica y social. La reducción del peso del Estado en determinadas áreas, la contención del gasto público, la reforma de la seguridad social, la política salarial y la reorganización de las relaciones laborales no fueron decisiones aisladas. Formaron parte de una orientación general sobre el papel del Estado y la distribución del excedente social.

Por eso la nueva imagen debe ser sometida a una prueba sencilla: compararla con los hechos.

El Lacalle Pou de 2026 habla de justicia social. Su gobierno dejó una pobreza que aumentó fuertemente durante los primeros años y terminó el período con mayores niveles de vulnerabilidad infantil. Habla de autoridad. Su gobierno quedó atravesado por uno de los mayores escándalos institucionales de las últimas décadas, protagonizado por su jefe de seguridad presidencial, y por el episodio del pasaporte a Marset. Habla de instituciones. Una investigación posterior determinó que documentación vinculada a ese caso había sido destruida y que el documento integraba un expediente. Habla de responsabilidad y gestión. El Estado terminó rescindiendo un contrato millonario firmado durante su administración con Cardama, después de detectar graves irregularidades.

La política uruguaya no necesita una nueva versión de Lacalle Pou. Necesita memoria.

Porque el problema de fondo no es la persona del expresidente. Es la posibilidad de que una operación de comunicación consiga convertir cinco años de decisiones de clase en una cuestión de estilo personal. La derecha puede cambiar su lenguaje, desplazar su posición discursiva hacia el centro y presentar a su principal dirigente como una figura renovada. Lo que no puede cambiar mediante un discurso son las relaciones sociales sobre las que gobernó ni las consecuencias materiales de sus decisiones.

La reaparición de Lacalle Pou, entonces, no inaugura una etapa de neutralidad política. Inaugura una disputa por la memoria. Y en esa disputa no alcanza con recordar sus frases. Hay que recordar quién gobernó, para quién gobernó y qué dejó cuando se fue.

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