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Elecciones de medio término en Estados Unidos

Trump perdió

6 min de lectura

Las elecciones legislativas de medio término celebradas el 3 de noviembre de 2026 asestaron un golpe decisivo a Donald Trump. En estos comicios se renovó la totalidad de los 435 escaños de la Cámara de Representantes, 34 bancas del Senado y 36 gobernaciones estatales. El resultado arrebató al Partido Republicano el control legislativo: el Partido Demócrata conquistó la mayoría en ambas cámaras del Congreso. Una afluencia masiva a las urnas, impulsada por la clase trabajadora y la comunidad latina, castigó el programa de la Casa Blanca.

Trump llegó a la mitad de su mandato con índices de desaprobación récord. Su base social se fracturó. Los obreros industriales que creyeron en las promesas de empleo nacional sufrieron despidos fabriles y un deterioro implacable de sus salarios reales. El movimiento MAGA mostró grietas entre sus bases empobrecidas y los grupos corporativos que capturaron los recortes impositivos. La derrota desató una disputa interna feroz en el Partido Republicano. Los sectores del establishment acusaron a Trump de promover candidaturas inviables. El mandatario reaccionó con desdén: declaró de inmediato ante la prensa que su nombre no figuraba en las boletas.

El voto castigo respondió a agravios materiales concretos. En política interior, el gobierno convirtió al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en una verdadera fuerza de choque contra el proletariado migrante. Redadas sistemáticas asaltaron plantas de procesamiento, faenas agrícolas y talleres, desarticulando comunidades obreras enteras. Esta política represiva funcionó como un dispositivo para abaratar la fuerza de trabajo precarizada en beneficio del empresariado rural y de servicios. La respuesta de las comunidades hispanas fue organizarse y votar en bloque, volteando mayorías republicanas históricas en estados del sur y del oeste.

En el plano internacional, la administración desmontó cualquier coartada ideológica. La agresión e intervención armada contra Venezuela expuso el interés económico directo. Trump archivó el viejo pretexto de la democracia para reclamar abiertamente la entrega del crudo venezolano a los monopolios energéticos norteamericanos. Esta ofensiva por los recursos estratégicos se combinó con presiones y maniobras de injerencia en diversos procesos electorales latinoamericanos, buscando subordinar el continente como patio de suministros baratos.

La política belicista en Medio Oriente aceleró el desgaste de la Casa Blanca. El suministro continuo de armamento y respaldo diplomático al Estado de Israel durante el genocidio del pueblo palestino provocó un repudio popular creciente dentro del país. La apertura posterior de un frente de guerra contra Irán confirmó el fracaso estratégico del Pentágono. Lejos de imponerse con rapidez, las tropas estadounidenses quedaron empantanadas frente a la resistencia militar iraní y sufrieron pérdidas operativas continuas. Acorralado en el terreno militar, el gobierno instaló la amenaza de un ataque atómico, un chantaje que causó alarma mundial y profundizó el rechazo doméstico a la guerra.

El costo de estas agresiones recayó sobre los hogares trabajadores. La inflación desbordó los precios de los comestibles y multiplicó los costos de la vivienda. Las barreras arancelarias encarecieron los insumos y los bienes de primera necesidad, mientras los consorcios financieros registraban utilidades récord. A la asfixia económica se sumó el derrumbe ético de la cúpula gobernante. Las maniobras de la Casa Blanca para bloquear la apertura judicial de los archivos sobre Jeffrey Epstein fracasaron. Las filtraciones documentales demostraron la estrecha relación de amistad y encubrimiento que unía a Trump con el magnate pedófilo, destruyendo su retórica moral ante el electorado religioso.

Estos reveses expresan el retroceso de la hegemonía estadounidense en el mercado mundial. Las trabas arancelarias fueron incapaces de frenar el desarrollo tecnológico e industrial de China. Al mismo tiempo, la ampliación de los BRICS consolidó circuitos de comercio e intercambio por fuera del dólar, neutralizando el poder de las sanciones comerciales unilaterales de Washington.

Ante la pérdida del Congreso, Trump anunció su decisión de gobernar a base de vetos presidenciales para anular cualquier iniciativa parlamentaria. El régimen entra en una fase de bloqueo institucional y decretazos. La historia enseña que un imperio acorralado en casa suele responder con mayor aventurerismo militar en el exterior para contener sus fracturas políticas.

El resultado descalabra a las fuerzas de ultraderecha en América Latina que operaban bajo el padrinazgo financiero e ideológico de Trump. Javier Milei en Argentina recibe un golpe demoledor. El salvavidas financiero que negociaba ante el Tesoro norteamericano y la ampliación del crédito del FMI quedan atascados en el nuevo Congreso, donde avanzan proyectos legislativos para prohibir cualquier rescate monetario a Buenos Aires. En Chile, José Antonio Kast pierde a su principal soporte internacional; lo propio ocurre con Abelardo y otras figuras reaccionarias de la región. El giro electoral descoloca también a los sectores que intentaron pactar concesiones con Washington, como los canales abiertos por Delcy Rodríguez con las petroleras estadounidenses: toda negociación con una administración débil e inestable carece de sostenibilidad.

Sin embargo, el alcance de esta victoria legislativa no puede reducirse a una simple alternancia. Por más que el aparato del Partido Demócrata mantenga profundas contradicciones de clase —atado a los intereses de los monopolios imperialistas y sometido a la asfixiante presión financiera de lobbys como el AIPAC, que vuelca millones para disciplinar las primarias—, en estas elecciones logró operar como la síntesis electoral de una intensa agudización de la lucha de clases en territorio estadounidense. El triunfo en las urnas fue empujado por la fuerza de un tejido social en rebelión: el masivo movimiento No Kings, que movilizó a millones en todo el país contra el autoritarismo ejecutivo y la militarización urbana; la firme resistencia y la denuncia cotidiana contra las redadas de ICE, donde incluso reaparecieron colectivos bajo la tradición de autodefensa de los Panteras Negras acuerpando y patrullando junto a las comunidades migrantes; y las duras batallas del movimiento obrero rural en California, donde jornaleros y peones agrícolas del Valle de Salinas se movilizaron hacia ciudades como Fresno para confrontar en las calles y tribunales contra las reglas salariales regresivas y la precarización que la administración Trump impuso en el campo.

Esta presión desde abajo encontró además un cauce político en figuras insurgentes como Zohran Mamdani en Nueva York, cuya plataforma enlazó demandas materiales inmediatas para la clase trabajadora —el congelamiento de alquileres, la defensa de la vivienda, el financiamiento del transporte público y la suba de impuestos a los megaricos— con el desafío frontal a la influencia de los lobbys corporativos y la maquinaria belicista exterior. El Partido Demócrata capitalizó este malestar popular canalizando la bronca acumulada hacia la victoria electoral. La contradicción, empero, queda abierta: la base obrera y popular que derrotó al trumpismo en las urnas deberá superar los límites que le impone el sistema capitalista. Para el proletariado estadounidense y para los pueblos de América Latina, la lección estratégica se mantiene vigente: la pérdida republicana abre un respiro táctico, la única garantía duradera ante el imperialismo sigue radicando en la organización, la lucha del pueblo y la solidaridad internacional.

Redacción En Marcha
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Colaborador de En Marcha

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