Tabla de contenidos
- La ruptura con la conciliación y las Tesis de abril
- La base proletaria y la organización de las mujeres trabajadoras
- La insurrección armada y la estructura del poder soviético
- La intervención armada imperialista y el comunismo de guerra
- Las transformaciones estructurales de la formación soviética
- El imperialismo contemporáneo y la vigencia del leninismo
- La necesidad estratégica del partido de nuevo tipo y la tarea del Partido Congreso del Pueblo
El 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre en el calendario juliano), la insurrección de Petrogrado llevó a la clase trabajadora al poder. Bajo la dirección del Partido Bolchevique, los sóviets de obreros, campesinos y soldados derrocaron al gobierno provisional e instauraron el poder soviético mediante la dictadura del proletariado. La toma del poder consumó la ruptura del eslabón más débil de la cadena imperialista mundial, confirmando las tesis formuladas por Vladímir Ilich Lenin sobre el desarrollo desigual del capitalismo monopólico. La experiencia de Octubre transformó la teoría marxista en una verificación histórica: demostró la imposibilidad de resolver los antagonismos de clase dentro de los marcos jurídicos del Estado burgués y evidenció la necesidad objetiva de demoler su maquinaria burocrático-militar para erigir una nueva formación económico-social basada en la propiedad colectiva de los medios de producción.
La ruptura con la conciliación y las Tesis de abril
El desenlace de octubre exigió una delimitación teórica frente a las tendencias conciliadoras en el seno del movimiento obrero. Tras el derrumbe del régimen zarista en febrero de 1917, se instauró una dualidad de poderes (dvoevlastie): de un lado, el Gobierno Provisional, exponente político de la gran burguesía rusa vinculado financieramente a los bancos de Gran Bretaña y Francia; del otro, los sóviets de diputados obreros y soldados, órganos directos de autoorganización de las masas armadas. Las direcciones mencheviques y socialrevolucionarias subordinaron los sóviets al gobierno burgués, justificando la continuidad de Rusia en la Primera Guerra Mundial bajo la fórmula del «defensismo revolucionario» y postergando las transformaciones agrarias hasta la convocatoria de una Asamblea Constituyente.
En ese cuadro de subordinación reformista, Lenin presentó en Petrogrado sus Tesis de abril (Las tareas del proletariado en la actual revolución). Lenin caracterizó la contienda como una guerra de rapiña interimperialista y desarticuló las posiciones desarrollistas que condicionaban la acción proletaria a la consolidación previa del capitalismo liberal en Rusia. La consigna estratégica de «Todo el poder a los sóviets» planteó el paso inmediato a la revolución socialista, articulando el cese de la guerra con la nacionalización de la tierra, la fusión bancaria en una sola institución estatal y el control obrero sobre la producción social. Aquella intervención sentó las bases del método bolchevique: análisis riguroso de la correlación de fuerzas de clase y delimitación tajante respecto al aparato estatal de los explotadores.
La base proletaria y la organización de las mujeres trabajadoras
La preparación de la insurrección descansó en la concentración fabril de Petrogrado, donde la inserción de las mujeres obreras desempeñó un papel dirigente desde el inicio del ciclo revolucionario. La huelga iniciada el 8 de marzo (23 de febrero) por las trabajadoras textiles del distrito de Víborg en demanda de pan y el fin de la guerra arrastró a la metalurgia pesada y precipitó la huelga general que liquidó tres siglos de autocracia. Cuadros bolcheviques como Nadezhda Krúpskaya, Aleksandra Kolontái, Elena Stásova, Inessa Armand y Konkordiya Samoilova organizaron los comités obreros fabriles, editaron el periódico Rabotnitsa y sostuvieron el trabajo de agitación y reclutamiento entre las asalariadas.
En sus Memorias acerca de Lenin (1933), Krúpskaya describió el papel organizativo desarrollado en los distritos obreros durante los preparativos del levantamiento armado:
«La barriada de Víborg estuvo armándose y preparándose para la insurrección aquella noche; grupo tras grupo llegaban los obreros al Comité de distrito del Partido por armas e instrucciones… Zhenia Egórova, secretaria del Comité de distrito del Partido de Víborg, y yo nos subimos a un camión que enviaban los nuestros al Smolny…»
Las trabajadoras de la confección, el caucho y la metalurgia ligera estructuraron los servicios de intendencia, las redes de enlace clandestino y las brigadas de auxilio médico, integrándose directamente a los destacamentos armados de la Guardia Roja.
La insurrección armada y la estructura del poder soviético
Entre la noche del 24 y la madrugada del 25 de octubre, el Comité Militar Revolucionario del Sóviet de Petrogrado ejecutó el plan insurreccional. Destacamentos de obreros armados y marineros de la Flota del Báltico tomaron los nudos neurálgicos de las comunicaciones y el transporte: puentes sobre el río Nevá, terminales ferroviarias, la central de telégrafos y el Banco del Estado, cercando finalmente el Palacio de Invierno.
En el Instituto Smolny se instaló el Segundo Congreso Panruso de los Sóviets de Diputados Obreros y Soldados. El cronista John Reed documentó la entrada de Lenin a la asamblea en su obra Diez días que estremecieron al mundo (1919):
«Eran exactamente las 8:40 cuando una tempestad de aclamaciones anunció la entrada del presídium, con Lenin, el gran Lenin. […] Un líder popular fuera de lo común: un líder puramente por la fuerza del intelecto, incoloro, sin pretensiones, intransigente y distante, sin brillo escénico, pero con el poder de explicar ideas profundas en términos sencillos, de analizar una situación concreta. Y junto a esto, la mayor audacia intelectual».
Lenin inició su exposición fijando el programa del nuevo gobierno: «Ahora procederemos a la edificación del orden socialista». El congreso aprobó de inmediato el Decreto sobre la Paz, que proponía a los pueblos y gobiernos beligerantes un armisticio inmediato sin anexiones ni indemnizaciones, y el Decreto sobre la Tierra, que abolió sin compensación la propiedad terrateniente y transfirió los latifundios a los comités agrarios distritales y sóviets de campesinos. En Los soviets en acción (1918), John Reed analizó la dinámica institucional de este aparato estatal proletario:
«Ningún cuerpo político más sensible y receptivo a la voluntad popular fue jamás inventado. Y esto era necesario, pues en tiempos de revolución la voluntad popular cambia con gran rapidez».
La intervención armada imperialista y el comunismo de guerra
El establecimiento del poder soviético suscitó la agresión militar coordinada de las clases dominantes desplazadas y de las potencias imperialistas. Entre 1918 y 1921, catorce Estados capitalistas —con contingentes armados de Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y Japón— invadieron el territorio soviético en múltiples frentes para pertrechar a los ejércitos blancos de Kolchak, Denikin, Yudenich y Wrangel. El objetivo central de la intervención consistió en aplastar el foco revolucionario europeo y restaurar las garantías de pago de la deuda externa zarista, repudiada por decreto soviético en febrero de 1918.
Bajo las condiciones de cerco militar y desabastecimiento, la república soviética instauró el comunismo de guerra: nacionalización de la mediana y gran industria, control estricto del comercio exterior, requisa de excedentes agrícolas para abastecer a los centros urbanos y conformación del Ejército Rojo de Obreros y Campesinos. La dirección bolchevique garantizó la cohesión del frente militar y la movilización de recursos en condiciones extremas. La victoria sobre la contrarrevolución demostró que el proletariado no puede sostener sus conquistas sin dotarse de un aparato de defensa capaz de enfrentar la violencia del imperialismo internacional.
Las transformaciones estructurales de la formación soviética
Las medidas implementadas por el Estado soviético modificaron la estructura económica y social de un territorio predominantemente agrario y con amplios resabios semifeudales. La planificación económica centralizada a través del Gosplán y el plan de electrificación GOELRO sentaron las bases materiales para una industrialización acelerada que liquidó el desempleo estructural. La campaña Likbez erradicó el analfabetismo, transformando una sociedad donde tres cuartas partes de la población carecían de instrucción básica en un país con escolarización universal y desarrollo científico propio. El modelo sanitario Semashko estableció el primer sistema público, gratuito y de cobertura universal a nivel mundial. En el ordenamiento jurídico y civil, la legislación soviética abolió la subordinación legal de la mujer: consagró la igualdad de derechos, el matrimonio civil, el divorcio irrestricto y, mediante el decreto de noviembre de 1920, convirtió a la URSS en el primer Estado en legalizar el aborto gratuito en la red hospitalaria pública, combinándolo con licencias de maternidad obligatorias y una red estatal de guarderías infantiles. Esta capacidad productiva y de cohesión social permitió a la Unión Soviética resistir y quebrar la maquinaria militar de la Alemania nazi durante la Gran Guerra Patria, asumiendo el costo material de 27 millones de vidas humanas para aplastar al fascismo en Europa.
El imperialismo contemporáneo y la vigencia del leninismo
Las determinaciones del modo de producción capitalista analizadas por Lenin preservan absoluta precisión metodológica para examinar el escenario contemporáneo. En Los fundamentos del leninismo (1924), J. Stalin sistematizó el carácter de esta etapa:
«El leninismo es el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria. O más exactamente: el leninismo es la teoría y la táctica de la revolución proletaria en general, la teoría y la táctica de la dictadura del proletariado en particular».
Los rasgos esenciales descritos en El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916) se presentan hoy agudizados: una hegemonía asfixiante de oligopolios financieros transnacionales, la exportación de capitales en función de la valorización de activos especulativos y una disputa violenta por el control de corredores logísticos, minerales estratégicos e hidrocarburos. El despliegue bélico de la OTAN, la imposición de sanciones económicas como mecanismo de extorsión imperialista, el genocidio sistemático perpetrado contra el pueblo palestino y la expoliación intensificada de la periferia dependiente en América Latina y África comprueban la naturaleza rapaz e intrínsecamente parasitaria del imperialismo contemporáneo. La gestión de gobierno en los marcos del Estado burgués resulta incapaz de frenar la caída tendencial de la tasa de ganancia, el deterioro ambiental o la precarización estructural de la fuerza de trabajo.
La necesidad estratégica del partido de nuevo tipo y la tarea del Partido Congreso del Pueblo
La mayor enseñanza de Octubre de 1917 reside en una constatación material: la espontaneidad de las masas, aun en sus momentos más combativos, resulta insuficiente para derribar el régimen del capital. Las huelgas y las resistencias salariales cotidianas chocan contra los límites del aparato estatal burgués si carecen de una estrategia revolucionaria unificada. En su obra Lenin, la revolución y América Latina (1970), Rodney Arismendi formuló esta conclusión histórica con absoluta nitidez:
«De todas las derrotas de las revoluciones que siguen a la primera guerra imperialista, surge una experiencia clamorosa: la necesidad del partido, como unidad de teoría, táctica y organización, según la doctrina de Lenin. Lo que en léxico de tesis se llamará “el partido de nuevo tipo”».
Esa experiencia histórica demuestra que la clase obrera solo conquista su emancipación constituyéndose en fuerza política independiente. Frente a las corrientes reformistas que reducen la política a la administración electoral del Estado burgués, el partido leninista opera como el destacamento de vanguardia: organiza a los sectores más conscientes del proletariado, forja cuadros templados en el marxismo-leninismo y ejerce el centralismo democrático para asegurar la discusión colectiva y la disciplina de acción. Su enraizamiento se ubica en los centros fabriles, en los sindicatos clasistas, en el movimiento estudiantil y en las barriadas populares, interviniendo en cada conflicto concreto para transformar la resistencia gremial en conciencia política orientada a la toma del poder.
En el Uruguay de hoy —marcado por la extranjerización de la tierra y la ofensiva del capital monopolista sobre las condiciones de vida del pueblo—, este imperativo histórico adquiere una vigencia ineludible. Ninguna reforma parcial ni avance institucional altera por sí mismo las relaciones de dominación si la clase trabajadora carece de un estado mayor capaz de disputar el poder político.
Asumir el legado de Lenin y la tradición arismendista exige militar activamente en la construcción del Partido Congreso del Pueblo. Forjar este partido de nuevo tipo significa dotar a las luchas de nuestro pueblo de una dirección revolucionaria, consolidar la hegemonía obrera en los frentes de masas y defender la independencia de clase frente a las vacilaciones conciliadoras. Octubre demostró que la victoria de los explotados es posible; la tarea del presente es construir la herramienta que haga efectiva esa posibilidad, organizándose en el Partido Congreso del Pueblo para avanzar hacia la liberación nacional y el socialismo.
