La movilización comenzó el 17 de septiembre en un liceo de Créteil, en la periferia popular de París, y en pocas semanas se extendió por todo el país. El reclamo inicial estaba directamente vinculado con las condiciones materiales de la educación: falta de docentes, grupos numerosos, edificios deteriorados, ausencia de personal sanitario y jornadas extensas. El 6 de octubre, la tercera jornada nacional de movilización alcanzó una escala mucho mayor: la organización nacional de estudiantes secundarios afirmó que alrededor de 1.800 de los 3.700 liceos franceses estaban bloqueados o cerrados, mientras decenas de miles de estudiantes, docentes, trabajadores y familias participaron de las movilizaciones.
El conflicto expresa una contradicción más amplia entre las necesidades sociales y las restricciones presupuestales que enfrenta el Estado francés. Los estudiantes plantean que el deterioro de las condiciones educativas afecta especialmente a los establecimientos de las zonas populares, donde la falta de profesores y recursos profundiza las desigualdades existentes. El movimiento también se ha extendido a universidades y recibió el respaldo de organizaciones sindicales, docentes y otros sectores sociales. La respuesta estatal ha tenido un fuerte componente represivo: desde el comienzo de las protestas se produjeron miles de detenciones, muchas de ellas de menores, y se denunciaron lesiones graves provocadas durante intervenciones policiales. El gobierno, por su parte, sostiene que una parte de las movilizaciones derivó en violencia urbana y ha desplegado fuerzas antidisturbios.
