Los hechos que producen revueltas -y que pueden transformarse en revoluciones- son en su mayoría imprevisibles. Por esa razón, los partidos de izquierda deben estar preparados siempre para diferentes formas de lucha y para dar respuesta ante situaciones extraordinarias. La contingencia es parte de la historia, el comportamiento humano es diferente al de muchos sistemas naturales, no hay ciencia exacta posible, solo se pueden señalar tendencias. Por lo general, los estallidos son ante un hecho particularmente simbólico que hace estallar la indignación, tras una larga serie de atropellos, socavamiento de derechos, humillaciones o empobrecimiento constante, pero cuando, como y donde la chispa encenderá la pradera no se puede saber. Tal vez ni siquiera se encienda.
En el caso de España, fue por el desalojo de Maricarmen, en el Chile de 2019 por el aumento del transporte, en Francia por las condiciones de la educación secundaria pública, como malas condiciones edilicias, grupos superpoblados, ausencia de becas , etc., que son condiciones cuasi universales de la educación pública en el mundo de hoy. Europa parecía sumida en un largo letargo, no había respuestas ante la militarización creciente y el deterioro generalizado de las condiciones de vida, pero la respuesta popular llegó, el hartazgo se convirtió en rebelión ante los recortes constantes y las políticas especulativas que disparan los precios de la vivienda, pero también contra la guerra y el genocidio en Palestina. En un mundo de luchas fragmentarias, de pequeñas microluchas, la rebelión aunó esos fragmentos, que son distintas manifestaciones de una protesta contra un mismo poder, el del gran capital.
El estallido tiene sus elementos caóticos y destructivos, pero eso es inevitable, es la reacción violenta ante años de violencia sistemática y estructural, algunas podrán ser realizadas por agentes provocadores, pero muchos seguramente no. Miles de jóvenes, y no tan jóvenes, descargan su ira contra un sistema que constantemente les dice qué tendrán que resignarse ante un futuro de empleos precarios, vivienda inaccesible y una educación y salud pública cada vez más deteriorada, mientras una pequeño número de oligarcas ostenta riquezas obscenas. También se rebelan contra la hipocresía de clases dirigentes que se llenan la boca con los derechos humanos, y que por acción u omisión han permitido el genocidio del pueblo palestino. No se puede saber de antemano si esto producirá un cambio en el régimen político, si la rebelión se transformará en revolución. Pero las rebeliones populares siempre han sido así, ya Marx lo había planteado hace más de 150 años:
… las revoluciones proletarias, como las de siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzar de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: Hic Rhodus, hic salta! ¡Aquí está la rosa, baila aquí!
La Santa Alianza que va desde las ultraderechas a los “progres” neoliberales saldrá en defensa del “orden”, de esa paz de cementerios de la que hablaba Lenin, y en que las elecciones se han reducido a elegir al verdugo que ejecutará al pueblo cada cinco años, en una Europa donde las socialdemocracias, que antes promovieron avances objetivos para las condiciones de vida de los trabajadores, hoy solo son una oferta “menos mala” de lo que ofrece la derecha y ultraderecha. Esta última habla de conspiración islámica, aunque en las calles se ven estudiantes de diferentes orígenes étnicos, de diferentes religiones y seguramente una mayoría no religiosa. Ellos detestan lo que las rebeliones crean: la unidad popular más allá de divisiones étnicas o religiosas, las que ellos han alimentado con particular celo en estas últimas décadas. Sus políticas de odio y desprecio son aplastadas también por estos levantamientos populares.
Los más legalistas dirán que los gobiernos han sido electos por procesos legítimos, pero el tirano, para Tomás de Aquino, Locke y tantos otros, no es solo el que accede por métodos ilegítimos al poder, sino también aquel que no defiende el bien común, sino el de un pequeño grupo, y su destitución es legítima por el pueblo, que es el verdadero soberano. Para los regímenes actuales, el pueblo no es más que un soberano teórico, el verdadero soberano para las clases dirigentes actuales es el gran capital, pero este “soberano” no es más que un tirano que se ha impuesto en forma ilegítima.
La Europa de la Francia de 1789, de los jacobinos, de la comuna de París de 1871, de los partisanos antifascistas, de las miles de rebeliones obreras renace, contra la Europa de la reacción, el imperialismo y el fascismo, y eso es una excelente noticia. El capitalismo nihilista y tanático ha despertado las fuerzas de rebelión, estas se expresan muchas veces en forma caótica y destructiva, pueden ser presentadas por los representantes de la reacción como algo monstruoso que debe ser erradicado, pero son en su esencia una respuesta vital, de afirmación de la vida, de construcción de un mundo más justo, de libertad, igualdad y fraternidad reales, y no meramente formales
