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La militancia como carrera individual o herramienta de transformación

Contra el oportunismo

5 min de lectura

Hay quienes entienden la política como una carrera. La conciben como un camino de ascenso personal, de construcción de una posición y de acumulación de poder. En algunos casos, también como una forma de acceder a los salarios y privilegios que determinados cargos públicos pueden ofrecer. Desde esa perspectiva, la política deja de ser una herramienta para transformar la realidad y pasa a convertirse en un proyecto individual.

La motivación central es llegar, ocupar un lugar, conservarlo y avanzar. El proyecto colectivo queda subordinado a las aspiraciones personales. Así se desarrolla una forma de hacer política que puede conservar un discurso transformador mientras se adapta, en los hechos, a las reglas y límites del sistema.

Ahí aparece el oportunismo. No se trata necesariamente de carecer de ideas o de discurso ideológico. El problema está en subordinar las convicciones a la conveniencia personal. El oportunista modifica sus posiciones según las circunstancias, se aproxima a quienes concentran poder, modera sus planteos cuando pueden perjudicar su trayectoria o transforma la representación de un colectivo en una plataforma para sus propias aspiraciones.

Esta conducta tiene una base social e ideológica. La sociedad burguesa presenta la competencia, el éxito individual y el ascenso personal como aspiraciones naturales. Desde muy temprano se nos enseña que cada uno debe construir su propio camino, que progresar significa subir y que el destino individual depende fundamentalmente del esfuerzo de cada persona. Esa forma de pensar también atraviesa a las organizaciones políticas.

La política puede entenderse de otra manera. Para quienes asumimos una perspectiva revolucionaria, es una herramienta de transformación social. Es el terreno en el que las clases expresan sus intereses, organizan sus fuerzas y disputan las condiciones en que se desarrolla la vida social.

Desde una concepción materialista de la historia, las decisiones políticas no pueden separarse de las condiciones concretas de existencia. Detrás de cada disputa relevante aparecen intereses de clase, relaciones de poder y conflictos vinculados con la propiedad, el trabajo y la distribución de la riqueza. La política expresa esas contradicciones y también puede intervenir sobre ellas.

Por eso, quienes militamos desde una perspectiva revolucionaria no podemos hacer de la obtención de un beneficio personal el motivo principal de nuestra actividad. Partimos de una convicción política: las condiciones en que vive la mayoría pueden ser transformadas y esa transformación requiere organización.

Nos ubicamos junto a quienes viven las consecuencias de una sociedad desigual: quienes trabajan y no llegan a fin de mes, quienes no acceden a una vivienda, quienes encuentran restringido el acceso a la educación, la salud o la cultura, quienes sufren distintas formas de explotación y quienes ven limitadas sus posibilidades de vida por condiciones que no decidieron.

Eso exige algo más que solidaridad individual. Reconocer una injusticia no alcanza para modificarla. Hace falta comprender sus causas, organizar a quienes la padecen y construir fuerza colectiva para disputar las relaciones de poder que la sostienen.

La política adquiere así otro sentido. Deja de ser un medio para el ascenso individual y pasa a ser una herramienta de organización de las clases populares. El objetivo no es que algunos individuos provenientes del pueblo ocupen lugares de privilegio, sino modificar las condiciones materiales que producen la desigualdad.

Por eso el criterio para evaluar una práctica política no debería ser cuántos cargos se alcanzaron ni qué posiciones se ocuparon. Hay que mirar qué capacidad existe para organizar, generar conciencia, construir unidad, defender conquistas y mejorar las condiciones concretas de vida de la mayoría.

Un cargo puede ser una responsabilidad y también una herramienta política. Deja de cumplir esa función cuando se convierte en un objetivo personal, cuando la preservación del lugar pasa a importar más que la tarea para la que fue conquistado.

El problema, entonces, no es solamente de conducta individual. Cuando la política se convierte en una carrera, existe el riesgo de que las organizaciones sean utilizadas como instrumentos de ascenso personal. Cuando la actividad política se vincula con la lucha colectiva, la organización adquiere otro sentido: construir fuerza para intervenir sobre las condiciones que determinan la vida de las mayorías.

La diferencia es ideológica y tiene una dimensión de clase. Una sociedad basada en la competencia y la propiedad privada produce determinadas formas de pensar y de actuar. La organización de los trabajadores y del pueblo exige desarrollar otras relaciones, basadas en la acción colectiva y en la subordinación de las aspiraciones individuales a objetivos comunes.

Por eso reivindicamos una política fundada en convicciones, organización y responsabilidad colectiva. La militancia no puede convertirse en una vía de ascenso personal ni en una disputa permanente por lugares. Su sentido está en organizar fuerzas sociales capaces de conquistar derechos, defender los intereses de quienes trabajan y transformar las relaciones que producen explotación y desigualdad.

Militar no es hacer carrera. Es asumir una responsabilidad frente a una realidad que queremos transformar.

Mientras existan relaciones sociales basadas en la explotación y la desigualdad, la tarea política seguirá siendo organizar a quienes viven sus consecuencias y construir las condiciones para modificarlas. El objetivo no puede reducirse a encontrar una mejor posición dentro de esas relaciones. Tiene que ser transformar las condiciones que las producen.

Diego Peña
Firma invitada / Redacción

Diego Peña

Secretario Político de Congreso del Pueblo

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