“Tanta exigencia al ser humano como sea posible, y tanto respeto por él como sea posible.”
Elegimos llamarnos Antón Makarenko porque encontramos en su obra una concepción de la educación que sigue teniendo una enorme vigencia para quienes trabajamos en la UTU y entendemos que educar es una tarea profundamente humana, social y política.
Makarenko desarrolló su pensamiento en uno de los contextos más difíciles del siglo XX. En una sociedad devastada por la guerra, la pobreza y la exclusión, recibió la responsabilidad de educar a jóvenes que muchos consideraban perdidos para siempre. Allí donde otros veían un problema, él vio una posibilidad. No elaboró una teoría desde un escritorio; construyó una pedagogía desde la práctica cotidiana, convencido de que toda persona puede desarrollarse cuando encuentra una comunidad organizada, un trabajo con sentido y un horizonte de futuro.
Ese legado es el que hoy reivindicamos.
Makarenko sostenía que el individuo no se educa en aislamiento, sino a través del colectivo. Para él, la comunidad no era una simple suma de personas, sino una organización con objetivos comunes, responsabilidades compartidas y participación activa de todos sus integrantes. El colectivo educaba porque enseñaba a convivir, a asumir responsabilidades, a respetar al otro y a comprender que el crecimiento personal depende también del crecimiento de la comunidad.
Quienes integramos esta agrupación compartimos esa convicción.
Creemos que la UTU no se construye desde el individualismo, sino desde el trabajo colectivo de docentes, educadores, funcionarios, estudiantes y comunidades. Una institución educativa es fuerte cuando existe cooperación, participación y compromiso con un proyecto común. Por eso entendemos que organizarnos como trabajadores no responde únicamente a la defensa de nuestros derechos; responde también a la responsabilidad de fortalecer la educación pública y contribuir a mejorar la institución de la que formamos parte.
Otro de los pilares del pensamiento de Makarenko fue el trabajo productivo. No concebía el trabajo como un castigo ni como una obligación vacía. Lo entendía como una actividad creadora, socialmente útil, capaz de desarrollar conocimientos, disciplina, autoestima y sentido de pertenencia. El trabajo permitía a cada persona descubrir el valor de su propio esfuerzo y comprender que su aporte era necesario para el bienestar colectivo.
Ese principio dialoga profundamente con la misión histórica de la UTU.
Nuestra institución nació para democratizar el acceso al conocimiento técnico-tecnológico y al trabajo digno. Pero formar para el trabajo nunca significó únicamente preparar mano de obra. Significa formar personas capaces de crear, innovar, producir, resolver problemas y aportar al desarrollo nacional. Cada taller, cada laboratorio y cada espacio educativo representan la convicción de que el conocimiento técnico solo adquiere su verdadero sentido cuando está al servicio de la sociedad.
Makarenko también nos legó una enseñanza que consideramos fundamental: la educación debe unir exigencia y respeto. Exigir es reconocer que cada persona posee capacidades que pueden desarrollarse. Respetar es confiar en esas capacidades, acompañarlas y brindar las condiciones para que florezcan. La disciplina, lejos de ser un mecanismo de sometimiento, nace del compromiso consciente con el colectivo y con los objetivos compartidos.
Como trabajadores de la educación creemos en una enseñanza que desafíe, motive y acompañe. Una educación que no renuncie a la calidad ni rebaje expectativas, pero que tampoco abandone a quienes enfrentan mayores dificultades. La verdadera inclusión no consiste en exigir menos, sino en generar las condiciones para que todos puedan alcanzar su máximo desarrollo.
Makarenko comprendió además que ninguna tarea educativa puede sostenerse sin esperanza. Por eso organizaba la vida de sus comunidades alrededor de metas cercanas, intermedias y lejanas, construyendo siempre perspectivas de futuro que dieran sentido al esfuerzo cotidiano. Educar era también enseñar a proyectar una vida mejor.
Hoy la UTU tiene ese mismo desafío.
En un mundo atravesado por profundas desigualdades y acelerados cambios tecnológicos, nuestra responsabilidad como trabajadores de la educación es construir una institución que abra oportunidades reales para las nuevas generaciones. Una UTU capaz de formar profesionales competentes, ciudadanos críticos y personas comprometidas con el desarrollo del Uruguay.
Makarenko otorgó al educador un papel esencial. No como un simple transmisor de conocimientos, sino como un organizador, un referente y un constructor de comunidad. Comprendía que educar exige preparación, firmeza, sensibilidad y la capacidad de generar identidad colectiva mediante valores, tradiciones y objetivos compartidos.
Nos reconocemos en esa concepción.
Ser trabajador de la UTU implica mucho más que desempeñar una función. Significa asumir la responsabilidad de sostener una institución pública que ha transformado la vida de miles de uruguayos. Significa defender una educación pública de calidad, profundamente vinculada con las necesidades del pueblo, comprometida con la justicia social y orientada al desarrollo humano integral.
Por eso nace la Agrupación Antón Makarenko.
Nace porque creemos que las ideas solo cobran sentido cuando se convierten en acción colectiva.
Nace porque creemos que el trabajo educativo transforma vidas.
Nace porque creemos que una comunidad organizada puede construir una UTU cada vez más democrática, más participativa y más comprometida con su misión histórica.
Llevamos el nombre de Antón Makarenko porque reivindicamos una pedagogía de la confianza, del trabajo, de la responsabilidad, de la esperanza y del colectivo.
Con ese legado caminamos, con ese compromiso trabajamos y con esa convicción seguiremos construyendo una UTU pública, popular y al servicio del pueblo uruguayo.
