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Sindicato de clase o sindicato de camarilla

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Un sindicato de clase no existe para administrar privilegios; existe para organizar la fuerza colectiva de la clase trabajadora. Su razón de ser no es garantizar sobresueldos, viajes, viáticos, fueros, comedor, traslados o encargaturas para una minoría dirigente, sino conquistar derechos que eleven las condiciones de vida y de trabajo del conjunto de las trabajadoras y los trabajadores. Cada conquista colectiva —la bonificación jubilatoria, el salario vacacional, la reducción de la jornada, el ingreso de más personal o mejores condiciones laborales— fortalece la organización de la clase y deja una huella difícil de borrar. En cambio, cuando se reemplaza la lucha colectiva por el favor personal, se debilita la conciencia de clase y se fortalece la dependencia hacia el caudillo de turno.

Los dirigentes no deben ser héroes individuales. Su autoridad no nace del cargo, sino de su estatura moral, de su consecuencia y de su capacidad para impulsar la lucha de masas de forma democrática y participativa. No se trata de decir “gre gre para decir Gregorio”, ni de vender humo presentando como conquistas personales lo que pertenece al esfuerzo de cientos o miles de compañeras y compañeros. Eso es vender espejitos de colores. Cuando una dirección sindical comienza a pararse del lado de la institución antes que del lado de quienes representa, cuando privilegia los acuerdos cerrados en las alturas —entre whisky, asados y negociaciones reservadas— por encima de la participación de las bases, deja de cumplir su papel histórico. La democracia sindical exige transparencia, deliberación y control desde abajo.

Y cabe una pregunta que desnuda el problema: si esos acuerdos son tan beneficiosos para el conjunto, ¿por qué las corrientes minoritarias no son convocadas a esas instancias? ¿Por qué se cierran los ámbitos donde debería expresarse la pluralidad del sindicato? Un sindicato de clase no teme al debate. Lo necesita. Porque la unidad verdadera no se construye silenciando diferencias, sino organizando la participación consciente de las bases alrededor de un programa común de lucha.

La historia del movimiento obrero demuestra que las conquistas más profundas nunca fueron regalos de dirigentes iluminados ni concesiones generosas de la patronal. Fueron el resultado de la organización, la movilización y la conciencia de una clase que entendió que su fuerza reside en la acción colectiva.

Más democracia. Más participación. Más lucha. Ese es el camino de un sindicalismo de clase.

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